miércoles, 24 de diciembre de 2008

Ernesto Zumarán y dos de Nostos, su reciente poemario inédito


Una de las cosas que se considera más en un escritor -o al menos yo lo considero-, es su autocrítica, ese gran pacto personal donde la consciencia, la responsabilidad y la autocensura se cohesionan, dándole sentido al don, a la vocación, a la obra.

Todas estas particularidades, unidas a una tendencia provocante, a un gusto irrefrenable por la vida e irrenunciable por vivir encarnado en las contemplaciones de un cuerpo intenso, hablan por el Poeta que tuvo la gentileza de enviarnos algunos textos de su reciente poemario, y del que me ocuparé -con beneplácito- algunas líneas más.

De honesta carrera y proyección literaria –aunque lo niegue, infatigablemente-, Ernesto Zumarán Alvitez (Chiclayo, 1969), obtuvo el Primer Premio en el concurso Poeta Joven del Perú organizado por la RENOM en 1995 y una Mención Honrosa en Poeta Joven del Perú, ese mismo año. Así mismo, se le concedió el Primer Premio en los Juegos Florales que organizara en 1996, la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque. Tiene publicado el poemario Todavía el paraíso, e inéditos Los templos ausentes, Rapsodia de junio y Sanctuarium; en narrativa, inédito está su libro de relatos Ninguna historia que contar. En la actualidad escribe una novela.

Finalmente, saludando al Poeta y a todos nuestros lectores en estas fiestas navideñas, con la correspondencia de los que se aferran a la vida en acto de entrega y disciplina -como en Poesía-, dejo para su lectura dos textos de -permítanme ahora ser muy personal- uno de mis autores favoritos. Salud Ernesto, siempre!!!


6

NOSTOS

Otra vez aquí contemplas, ¡Oh, viajero!, las antiguas delicias del viaje,
el viejo olivo en tu mente condescendiendo las mareas,
tus dos montañas ocultando su principio y su final
en las delicias de tus ojos,
la música del cielo donde la noche y su sed
no más han retornado,
el eco de los muertos en tu piel vislumbrando
ese ardor que no inquieta ya el codiciado dolor de las ciudades
donde ya no espera el tiempo su última sinfonía eterna
ni esparce el semen su muda esperanza inagotable;
el cuerpo de tu amada en el tejido ansioso
de la sangre,
buscando en el túmulo del destino
esa crucial simulación amante
que lejos de ti reverbera divinamente.

Allá lejos tu isla que el sol baña de últimos recuerdos,
los ríos escondidos del viento fulgurante,
el elegíaco galope de la aurora, los laúdes de tardes
rebosantes de larga espera,
y tú, viejo cazador de tortuosas imágenes,
buscando siempre esa melodía eterna entre las sábanas
de tu lecho muerto,
anhelando entre los crisoles de la dicha
una puerta en la oscuridad,
un largo acontecer fuera del cadalso,
los besos de la amada quebrados de ternura
en el sueño que torna el regreso una sombra todavía.

¿Eres tú mismo el que regresa de los años envuelto en
la seda de tus dones,
ardiendo tenebroso en ese fuego que ya no quema la distancia,
perfumado y eterno en el recuerdo, como una isla
que rememora sin secretos su naufragio,
pronto a enternecerte en el poema como un animal sin origen,
amado por la duda y por el gozo de esa duda,
pura travesía que ha sembrado la carne en sus redomas?
Porque aquí tú has sembrado la nostalgia,
el no reconocimiento de la pena,
las silenciosas profecías del oleaje
donde tú cantas nuevamente
las expiadas rosas de un lecho nuevo
con que el día lava la sospechosa sangre de tu alma.

¿Qué sueños las vides ocultan bajo su insólita fragancia
mientras en tus ojos el caos va aboliendo el testimonio de la estirpe,
quién busca la palabra impronunciable, el saturnino verbo
que contenga lo que prodigiosamente ha ardido
como un sola llamarada,
siendo cándidos los retornos, perversos los hallazgos,
única la nostalgia que el cuerpo extravía noche a noche,
en la errancia del amor venidero
que encuentra en el desdén de la espera
su propio semen ineluctable?

¿Es el amor el viento enredando tus cabellos
o solo es la fantasía que la carne ha encendido en tus recuerdos,
los espejismos eligiendo el vértigo feroz de los años
retenidos cruelmente en el círculo de tu sangre,
donde el día y la noche se abominan,
urgen el duelo de lo férvido y latente,
envueltos en ese plumaje amordazado
que el amor ya no reconoce
aun cuando en él se remonte lo anhelado
como un fruto que los dioses prohíben todavía?

¿Qué esperaba ella para cubrir su lecho nuevamente
de rosas que una noche amaron el cuerpo de su amado?
¿Te perturba acaso lo lejano, esa tu isla que el sueño
revela otra vez lejanamente, sin que puedas detener ya
el tortuoso afán de los veleros por redimir a ultranza tu extravío,
escapar del viejo olivo, el tejido honroso de la amada
que sufre, espera y luego olvida?
Mas ella ya no reconoce tu semblante en la tarde que fenece,
sólo tu retorno danzando sin alegría aún perfumado
por el hechizo de los años,
reza aquí su última nostalgia
donde el viejo olivo y las montañas
buscan en ti esa imagen que persiste enardecer
el beso que el remordimiento sella ensimismado
entre el cielo y la tierra
como una ceniza más
entre sus recién fraganciosas espesuras...

Mas el sueño en ti ha renunciado a sus sollozos
y todo lo abolido castamente en tus sólidos espejos
urden aquí y ahora la burda tristeza del amado abandono,
no obstante, aún el cielo vierte sus alegres verdugos en tu alma
pues sabe que el retorno a tu sangre
es posible todavía.

Es cierto, conociste los ritos del hombre
que en su corazón revelan los designios del hallazgo,
la prodigiosa lejanía que en ti
torna desapacible la violencia de tu sangre,
¿Qué hallaste lejos de tu tierra sino la vibrante esbeltez
de los años perdidos en tu propia piel,
el rudo galopar de la memoria añorando
la inconciliable vigilia que te unía noche a noche
al cuerpo de tu amada, mientras perdido entre la niebla
urdías las delicias de otro cuerpo, bañabas el tálamo implacable
con el ardor de tu recuerdo inmemorioso,
unido también a los belfos de la muerte
que ansiaban de ti un nuevo fruto del destino?

Qué hay en ti que el fuego del amor ya no estremece,
qué ha dibujado el desierto del mar en tu cuerpo otra vez estremecido,
sobre qué pira el viento ha calcinado la belleza de tus huesos,
qué hay detrás de ti que no sea la mordedura errátil de la muerte,
qué llevas en tus manos sino la sangre amanecida de tus muertos,
dónde ocultas tu memoria sino en el rumbo perdido de lo ausente.

¿Es posible el retorno todavía?
¿El mar de aguijada espuma aún tus sueños viste
de enardecidos precipicios?
¿Conocen tus ojos por fin la belleza exacta de la muerte,
la flor que esconde en su prodigiosa luz ausente?
¿Eres tú mismo quien partió un día, indemne,
hacia otras apacibles ciudades
donde creíste ver la cautelosa rendición
de tu antigua tristeza?
¿Quién eres tú, viajero de la espuma, que nos llegas
sin saber de tu retorno todavía,
y que por siempre estuvo aquí
el sabor de tu dicha irrenunciable,
la luz anunciándonos el viejo delirio del hallazgo,
el no viaje ni retorno
sino este encontrarse nuevamente en las tinieblas,
abiertos al mundo, maravillados por el amor
que nos unge desesperadamente
de olvido?

Tiempo soy te dices, y eso es lo que eres,
carne de tiempo y espacio idos,
muertos y vueltos a nacer como una forma sin límites
para gozo de la luz que regresa
contigo y ahora,
un único esplendor vacío
que ciñe sobre la isla
el fiat luz de la memoria.



7

LA FUENTE MUDA

Esta es la morada de Dios:
una encrucijada donde la vida sigue tejiendo
los rumores arrebatados de una innombrada belleza.


Cuántos días, unidos en el silencio más puro,
elevan a tu candor hirsuto, a tu callado resplandor, las horas,
el clamor vivido en el también más puro beso estremecido,
sin que tus aguas en la luz inagotable así se conmovieran,
sin que en el pulcro devenir de la tarde
tus labios muertos simplemente nombraran lo deliciosamente inacabado.
¿Qué ocultas bajo las tenues gasas de tu orgulloso ritmo
sino la infinita imagen de un rostro perfecto
que se niega a temblar en los magníficos dedos del deleite,
sino el presentido homenaje que rinden los espacios
a este nuevo sedimento que trasmuta la muerte?
Aquí tú alimentas las caricias del nuevo silencio,
el joven reino donde la culpa torna el día
en otro nuevo nacimiento,
aquí tú fluyes a través de la pureza de la noche
confiriendo a cada beso el perfume luminoso de lo delicadamente ignorado,
en la sola morada que danza en lo invisible,
aquí la belleza de no haber nunca culminado
la blancura fulminante de la rosa,
el tortuoso afán de conducirnos hacia el despojo cálido
de nuestras tristes rendiciones
donde el alma es la luz que rememora
lo que en nosotros es eternamente perecible.

¿Por qué, entonces, después de habernos concedido la inmortal delicia
de tu mudez inalcanzable,
tornas a nosotros con el terco resplandor de un abrupto mirar,
negándote a cubrir de santos sollozos nuestro cuerpo postrero?
¿Por qué el amor, en su fiel contacto con la increíble fecundidad
con que fundas los universos tardíos
se repite con horror en la callada plenitud de la imagen?
¿Quién eres tú cuando te entregas al célebre abandono
escarneciendo así lo que en nosotros -desnudos juegos
de un mismo fuego crepitante-
acaso es repentino y cotidiano?
¿Por qué, por último, enciendes tus hondas cenizas matutinas
en la piel regocijada de nuestra falsa eternidad
para luego conmovernos con la prudente evasión
de tus labios que no hacen más que nombrar la intimidad del jardín
donde el amor generosamente instala su rencor definitivo?

Elevados así sobre tus aguas cadenciosas
una vez más pulimos la certeza de haber amado el reencuentro,
y desde el fondo de tus aguas tenebrosas vemos como asciende inconmovible
la plenitud de este corazón que disimula acaso traicionado
su dolorosa entrega al seno que despierta glorificado
entre las incesantes alabanzas que nos rinde el amor maravilloso.

Porque el amor entre los amantes alcanza esa dura permanencia
del fuego que cede a sus posibilidades
la dulzura del vuelo donde la noche sólo es espejismo,
las alas de una juventud en cuyos arreboles el viento sólo es floración inaccesible.
Qué eres tú para nosotros sino la eterna flor que el desierto convoca
en la inquietud de sus bosques inmarchitos,
porque sólo el amor nos revela esa hermosa contradicción
donde la visión, ahíta de penumbras apacibles,
precipita sin alardes sus frutos más heroicos, no obstante
la ciega admonición de la luz que el sueño niega,
el otrora jardín que nuestra premura prontamente inmola.
No, no eres sólo espejismo, hechizo cruel de un centro definitivo
que perfecciona el curso de la sangre para el goce
de la sombra en su rápida y doliente certidumbre;
no, tampoco eres la casual espera en cuyos giros repentinos
el olvido nombra sus selectos despilfarros
y arriesga en nuestra carne el espacio abroquelado
de un rostro ocultando por siempre
su insatisfecho reverbero;
no, no, tampoco la estancia del sueño que rememora
sin ternura las caricias angustiosas de un cielo enardecido;
no, no eres la imperfecta desolación del amor cantando súbitamente
con justo sentido y aledaña muerte,
última elegía que estrecha el corazón
cuando sin descanso busca en las voces extrañas de la existencia
ese destino que emerge -Oh gloria del amor-
de la desnuda transparencia
con que la infancia presiente sus primeros destellos,
lo que de dolor tienes tú fuente
en tu indecible y fatigada contemplación.

Qué eres sino una sonrisa
dibujada en tu rostro como el saludo del día a la noche,
como un enaltecerse después de haber hollado todos los umbrales,
un agitarse en la danza contra lo innoble y lo sagrado,
hechizo de un beso extraviado en las penumbras,
el rebosante fruto que un día las manos acarician
con la gloriosa dicha de esperar su huída inapresable
sabiendo que aún el perecimiento es un temblor por siempre inacabado.

Así, cuántas mañanas, mientras el sol atrevía sus luces
en las notables armonías de la piel,
yo hundía mis brazos en tus aguas coronadas de verdor profundo y letanía,
hasta hallar en ti sólo búsqueda y miedo,
terror y felicidad de encontrar en tus nostálgicos sonidos
el sentido creado por un dios discurriendo imperturbable
entre nuestros siempre perturbables revelaciones,
digamos, la supremacía de un aliento profundo
que nos crea el abandono, el retorno a la fuente silenciosa
donde penden sólo árboles que aman el tierno sollozo de la vida,
como todo los que nos es dado al unísono:
los perfumes de la grata ignorancia,
la luz complaciente de la especiosa sabiduría,
las vacilantes reverencias de los amantes
entre el sendero que desbocan las cuitas del amor maravilloso.
Así, errantes sobre el estremecimiento de un pavor vencido,
crueles y perfectos esperamos de ti solo la consolación,
avocados a la escritura de un signo que enmudece
ante tu magnífica angustia
- qué nos evade, Dios, de ti, de tu luz cenicienta,
de tus sueños infalibles, de tu tierna y hermosa indiferencia-

esperando que el día consuma sus derramados perfumes,
aguardando que la noche -sujétate, Oh mirar sombrío-
por fin nos ilumine
el único temblor que nos cede
el abandono.

¿Esta es pues, la morada de Dios:
una ceniza que inunda lo amado,
belleza de no haber contemplado
en el fondo de las aguas
su rostro eterno y sangriento,
el eco de la flor que inunda finalmente nuestros sueños
de otros giros que no alimenta nuestra muerte,
un crepitar lejos de la fuente donde
la noche amalgama cadáveres inquietos
y torna el día a lavar su herida
en la insana perfección de lo sagrado?

CODA

Abajo, sí, abajo donde la noche nos es desconocida
tú, fuente muda y concreta, la bestialidad de tus signos libertas,
y nos amas sin misericordia alguna,
allí en lo profundo del hedor también maravilloso
tú nos entregas el dolor con la tranquila mirada
de un animal oscurecido,
con el cotidiano perdón con que las ansias de enaltecerse
unge las más lozanas urdimbres,
donde los jóvenes amantes lavan desdeñosos entre la sátira del tiempo
el prematuro ardor que ilumina.

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