lunes, 19 de abril de 2010

"Alcohol y literatura seguirán unidos de diversas formas". ALCOHOL Y LITERATURA: Las Musas Sedientas. Por la Universidad de Chile

ALCOHOL Y LITERATURA: Las Musas Sedientas

Universidad de Chile
Departamento de Pregrado
Cursos de Formación General


La relación fructífera entre alcohol y literatura, la que ha producido textos literarios de incuestionable calidad, es más bien nueva en términos históricos, pese a que ambos caminan de la mano desde Homero y la Biblia. Los primeros acercamientos realmente productivos e interesantes entre ambas áreas se dan en el siglo XIX, de la mano de autores como Baudelaire, Swinburne, Verlaine, o Thomas de Quincey (con sus Confesiones de un Comedor Inglés de Opio, 1821, más científicas que literarias, pero de vital importancia en esta materia) -y por supuesto, los maestros rusos como Dostoyevski y sus contemporáneos-, quienes veían en el alcohol –y, por extensión, en las drogas- una manera de expandir el horizonte creativo del autor, derribando los límites impuestos por la razón y entregándole una libertad creativa aún sin explorar y probablemente, muy fructífera. Para ellos, la creatividad florecía por completo cuando las constricciones que inhibían la vida diaria eran barridas por el efecto del alcohol, abriendo las ventanas del alma.

Pese a esto, la mayor influencia que el alcohol tendrá en la literatura, no será principalmente en Europa, ya que ahí nunca se llegará a dar de la forma como lo hizo en los Estados Unidos, país al cual los propios europeos se referían como la “República Alcohólica.”

Desde la misma fundación de las 13 colonias, el alcohol y su excesivo consumo fue una materia de preocupación para muchos de sus habitantes más conservadores, a tal punto que, como se sabe, a comienzos del siglo XX se prohibió durante un largo periodo, como una forma de evitar la bebida entre la población y como respuesta a la presión que la gran cantidad de grupos “pro-temperancia” (surgidos en el siglo inmediatamente anterior) venían ejerciendo hace más o menos cincuenta años.

Pese a estos esfuerzos, el alcohol se quedó para siempre “en la sangre” de los escritores norteamericanos. Como muestra, un botón: de sus 7 premios Nóbel, 5 de ellos eran alcohólicos (Sinclair Lewis, Eugene O’neill, Wiliam Faulkner, Ernest Hemingway y John Steinbeck) Otros autores, sin embargo, continuaron demostrando el hecho de que, aparentemente, el alcoholismo era la enfermedad de los escritores americanos; entre ellos conocidos escritores como: Jack London, F. S. Fitzgerald, Hart Crane, Thomas Wolfe, Dashiell Hammett, Djuna Barnes, Tennessee Williams, Carson McCullers, John Cheever, Truman Capote, Raymond Carver, Robert Lowell, etc.. La mayoría de ellos siempre creyendo, sinceramente, que la forma correcta de acercarse a las “musas” era bebiendo constantemente.

Aún cuando usualmente alcohol y drogas son un tema tabú y han sido ilegales a través del tiempo de diversas formas, las substancias adictivas sin embargo, son centrales en la cultura y la sociedad norteamericana, con lo que desde sus inicios establecen una de las ambigüedades más antiguas de ésta, en tanto las tabernas así como las iglesias, fueron pilares gemelos de la vida en comunidad de la América del siglo XVIII.

Alrededor de la década de 1820, por ejemplo, se comenzaron a publicar una serie de novelas conocidas como “ficción de temperancia”, la mayoría de ellas, con muy poco o ningún mérito literario, creadas exclusivamente para diseminar propaganda acerca de los males del alcohol en el hombre y para invitar a los bebedores a unirse a los diferentes grupos anti-alcohol que ya comenzaban a existir. (The American Temperance Union, por ejemplo). Estas historias seguían convenciones o formulas bastantes reconocibles. En general, trataban acerca de un joven inexperimentado que era seducido por la “corrupta y atractiva vida del bebedor”, o de un padre miserable que destruía a su familia física y económicamente. En la mayoría de ellas, también, el primer sorbo de licor conducía inexorablemente a la pobreza y a la muerte (en contraste con las concepciones del siglo XX acerca del alcohol, en el cual se le considera como una enfermedad, las historias de temperancia veían la ebriedad como un signo de debilidad moral y al bebedor como a un sujeto con una moral defectuosa).

La preocupación de estos grupos era justificada ya que se estima que, alrededor de 1830, el promedio de los americanos consumían el equivalente a más de 4 galones de alcohol absoluto por año (más o menos 15 litros), y las bebidas alcohólicas eran servidas, virtualmente en todos los eventos sociales de la época.

La ficción de temperancia, pese a sus poco méritos literarios, contribuyó, sin embargo, al “florecimiento” literario conocido como “Renacimiento Americano” (American Renaissance) que no es otra cosa, que la llegada del romanticismo europeo a América, en forma tardía.

De esta forma, durante estos años, se pueden distinguir mas o menos 4 tipos de discursos presentes en las lecturas de la población, relacionados con los estados de temperancia (según David Reynolds en “Black Cats and Delirium Tremens”):

1) EL DISCURSO CONVENCIONAL, donde la “literatura” presentaba exposiciones o ejemplos directos y didácticos contra el beber, enfatizando las recompensas de la virtud más que los brutales resultados del vicio. Desarrollado en periódicos y novelas de la década de 1820, arraigados fuertemente en las zonas con presencia evangélica, declinó hacia 1830 y especialmente en 1840.
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2) LA TEMPERANCIA OSCURA: íntimamente ligado al movimiento de los Washingtonians –uno de los grupos anti-alcohol de la época-, su mensaje estaba vertido en historias sensacionalistas y recreativas acerca de los horrores de la bebida, teniendo en los <> una de sus imágenes preferidas y casi obligatorias a la hora de escribir una novela. Además, ponía énfasis en el comportamiento patológico y en las enfermedades psicológicas asociadas al alcoholismo en la época.
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3) EL MODO IRÓNICO: aparecido como corolario del discurso anterior, ponía énfasis en las supuestas virtudes de los reformadores pro-temperancia, cuyo doble discurso los sorprendía envueltos en derroches contrarios a la moral de la época o el libertinaje a escondidas.
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4) LA RECONSTRUCCION TRASCENDENTALISTA DE LA TEMPERANCIA: de la mano de Thoreau, Whitman, y Emily Dickinson, entre otros, aunque no públicamente, este discurso consistía en imágenes que contenían versiones afirmativas o individuales del alcohol, por medio del cual, se exponían las fallas o ironías de los “reformistas” ya mencionados, pero que pretendían redirigir la temperancia, asociándola con cosas positivas como la vida racional y las revelaciones de la belleza de la naturaleza.

Es en este contexto en donde aparecen algunas obras con un real mérito literario, entra las cuales están “El gato Negro” y “El Barril del amontillado” de Edgar Allan Poe, algunos sketches escritos por Nathaniel Hawthorne (“A Rill from a Town Pump”) y referencias en obras tan importantes como Moby Dick o los poemas de Emily Dickinson (entre ellos, sus poemas 132, 214, 230, 490, 726, 818, 1628, 1645); siendo claro que todos los grandes escritores de la época, fueron de una u otra manera, influenciados por los movimientos pro-temperancia y por encima de todo, por los diversos tipos y diversas evoluciones que tuvieron sus diferentes discursos.

Edgar Allan Poe, por ejemplo, utiliza los recursos de la temperancia oscura como una manera de indagar mentes criminales. Para Herman Melville, los discursos irónicos y oscuros eran paradigmas culturales útiles mediante los cuales se sumergió en la duplicidad y en la ambigüedad humana. Hawthorne, exploró las paradojas al interior de la temperancia oscura y del modo irónico. Emerson, Thoreau, y Whitman se movieron más allá de lo que veían en los reformistas pro-temperancia hacia una redefinición de ésta, por medio de la imaginación, introduciendo un proceso de transformación literaria que E. Dickinson también usó.

Con el auge y la decadencia de los the Washingtonian Meetings (entre los años 1840 y 1850, aproximadamente), en los cuales, el principal problema existente eran los dobles discursos de sus oradores (la sobriedad era promovida por personajes que bebían tanto o más que aquellos a quienes señalaban como ebrios), la respuesta por parte de los intelectuales ponía especial énfasis en las raíces de la nación: el hecho de que tanto la revolución americana como la Declaración de la Independencia se habían hecho para asegurar la libertad de elegir, establecía a los movimientos de temperancia como conflictivos con la identidad fundacional americana.

De esta manera, la ficción de temperancia “evolucionó” al presentar versiones paralelas de esclavitud y también, al comenzar a utilizar el discurso sensacionalista de los diferentes movimientos de la época, para atraer la atención de sus (incautos) lectores. Así, por ejemplo, para los abolicionistas, la esclavitud de los afro americanos era metafóricamente paralela a la esclavitud del borracho con su botella. Para las feministas, la injusticia del hombre para con la mujer era usualmente representada con la imagen de la mujer oprimida y brutalizada por un marido ebrio del cual ella no podía escapar debido a las dificultades legales de un divorcio.

Sin embargo, al manipular populares imágenes del discurso pro-temperancia e infundirles originalidad, los grandes escritores del “Renacimiento Americano” transformaron el entusiasmo popular, que ya se había vuelto muy problemático en los años posteriores a 1850, creando una abundante fuente literaria que mejoraría con el tiempo.

EL SIGLO XX:
La influencia del alcohol en la literatura y en la sociedad continuó creciendo y alimentando a Estados Unidos hasta comienzos del siglo XX, en donde encontrará lo que probablemente fue su máxima expresión, con la llamada “Generación Perdida” (the Lost Generation, 1909-1921), la que más tarde también se conoció como la “Generación Húmeda o Mojada” (the Wet Generation).

La prohibición de comercializar alcohol que se impuso durante estos años en el país tuvo, sin lugar a dudas, el efecto contrario al deseado, simplemente por el hecho de que al convertirse en algo ilícito, el beber tomó un importancia singular que significaba desafiar a la Prohibición transformándose en un signo de solidaridad con la naciente resistencia de la generación, en contra del “Puritanismo,” aún preponderante. La particular reverencia que se sentía por las bebidas fuertes se debía al hecho de que se consideraba al alcohol tanto como un símbolo de una causa sagrada como el derecho propio al placer.

Autores como William Faulkner, Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemigway, por medio de, entre otras cosas, su éxito comercial, hicieron que la influencia de esta generación sobre la cultura americana fuera fundamental e indeleble. Las ideas y actitudes “modernas” de sus personajes, hicieron que el “beber mucho” fuera un signo de estilo, lo que creó una asociación entre lo moderno y el alcohol en el inconsciente colectivo. Ellos crearon una literatura que se definió como “la retórica auténtica del verdadero borracho, sus oscuridades e ironías, su tristeza universal, el último llamado del desastre rompiéndose extáticamente sobre un paisaje falleciente.” Sin embargo, más allá de estos conceptos, el alcohol en la vida de estos escritores jugó un papel muy poco placentero y, peor aún, minó progresivamente la calidad de sus obras, muy al contrario de lo que el mito en torno a ellos y su afición por el alcohol, se encargaría de preservar.

Para Faulkner (1897-1962), por ejemplo, la “civilización comienza con la destilación.” Sus obras escritas con posterioridad al año 1942 no alcanza nunca la calidad existente en sus primeras obras entre las cuales están: Soldiers Pay (1926), Sartoris (1929), El Sonido y la Furia (1929), Mientras Agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de Agosto (1932), Pylon (1935), Absolom, Absolom! (1936) y Las Palmeras Salvajes (1939). Al escribir Absolom, Absolom!, por ejemplo, Faulkner bebía 2 ó 3 tragos antes de cenar, incluso llegando a 4 ó 5 cada unos cuanto meses, para luego, una o dos noches después, retomar su vieja costumbre de tomar un “trago al despertar” y luego seguir bebiendo durante la mañana, durante la tarde, durante la noche, perdiendo el control y terminando en una clínica de recuperación (en su peor época, bebía alrededor de 23 martinis diarios). Usando su conocimiento-de-primera-mano acerca del alcohol, escribió bastante poco sobre grandes bebedores, prefiriendo, en cambio, instalar al lector dentro de la mente del ebrio. A medida que el alcohol fue tomando el control de su cuerpo, Faulkner fue perdiendo su capacidad de reproducir el estilo que lo había hecho ser admirado por el público de la época, y sus obras no pudieron nunca recuperar el vigor y las imágenes de sus primeros años.

Francis Scott Fitzgerald (1853-1940), por su parte, más allá de su estilo literario, ofreció a sus lectores algo completamente nuevo en la década de 1920: jóvenes mujeres que fumaban cigarrillos, bebían cocktails y se permitían a si mismas ser besadas por muchos muchachos. Sus principales obras, antes de que el alcohol le haga imposible distinguir una buena historia de una mala, son This Side of Paradise (1920), The Beatiful and the Damned (1922) y el Grant Gatzby (1925). En The Beatiful and the Damned, su héroe, Anthony Parch, se convierte en alcohólico, debido a “su deseo de mantener la vieja ilusión de que la verdad y la belleza están de alguna manera unidas.”. Durante estas décadas (1920-1930) el beber grandes cantidades era reconocido por muchos como una señal inequívoca de dedicación al arte lo que reforzaba la expresión “buenos escritores son escritores bebedores” (good writers are drinking writers). Sin embargo, Fitzgerald había estado muriendo como escritor desde el año 1933 (tuvo 2 internaciones en el hospital ese año, 2 en 1934 y 4 entre 1935 y 1936), el mismo tipo de declive literario que sufrió Faulkner después de 1942. (Entre 1935 y 1936, Fitzgerald bebía entre 20 y 30 botellas de cerveza para poder continuar escribiendo, con lo que obviamente, había perdido cualquier capacidad de auto crítica en torno a sus creaciones).

Ernest Hemingway (1899-1961), mucho más resistente al alcohol que estos últimos, también terminó por arruinar su calidad literaria aún cuando, habiendo reconocido el efecto que éste tenía en su literatura, decidió abandonarlo, sin que volviera a recuperar su fuerza y estilo que lo habían consagrado. Sus mejores obras, escritas antes de los 40 años son: Men Without Women, (1927), Adiós a las Armas (1929), Muerte en la Tarde (1932), Winner Take Nothing (1933), Green Hills of Africa (1936), Tener y no Tener (1937) y Por quién Doblan las Campanas (1940). Él creía que beber era una habilidad que debía aprenderse, que tenía algo de gracia social, y que si uno era incapaz de hacerlo bien, no debía hacerlo. The Sun Also Rises, por ejemplo, era para Hemingway “un libro sobre algunos borrachos” y todos los capítulos de Paris era una Fiesta están regados de algún tipo de alcohol (la bebida, se puede decir, es el tema oculto del libro). Sin embargo, a comienzos de 1940 su salud comenzó a declinar ostensiblemente, lo que se refleja en sus insufribles obras posteriores como Islas en el Golfo (1970) o la “llorona” El Viejo y el Mar (1952) que, entre otras cosas, le hizo merecedor al premio Nóbel de 1953.

A partir de la década de 1940, lo que se conoció como “narrativa-de-recuperación”, que había comenzado con la publicación de The Lost Weekend por Charles Jackson (1944), sobrexcederá largamente la “narrativa-modernista-de-ebriedad.” En ésta novela, Jackson traía a colación sus propias experiencias como alcohólico así como también, la nueva forma de comprender este paradigma, ahora como una “enfermedad” más que como una señal del “temperamento moderno.”

Sin embargo la manera de acercarse al alcohol y a las drogas volverá a cambiar. A partir de Octubre de 1955, recuperarán la idea original de utilizarlas como forma de expandir la conciencia, retomando su concepción originaria: alcohol y las drogas, eran ahora, canales con los que también podía llegarse al conocimiento de las cosas. En esa fecha, en San Francisco, Allen Ginsberg leerá por primera vez Howl (Aullido) dando a luz a uno de los movimientos más magnéticos en la literatura norteamericana, el movimiento beat. Jack Kerouac, otro de los pilares del movimiento y que por supuesto estaba ebrio, describe este momento en Los vagabundos del Dharma. Entre sus miembros, Kerouac bebía y Neal Cassidy también. Todos fumaban marihuana o se volaban con benzedrina. W. Burroughs se inyectaba heroína. Mezclaban alcohol, drogas y cigarrillos. Salvo Burroughs, que desarrollará su propia teoría acerca de las drogas, el resto de ellos no quieren hacer experimentos con ellas, sino que con ellos mismos. La diferencia con sus “antecesores” románticos será el hecho de que para ellos, el beber no tiene valor en sí mismo, no tiene un sentido de mancomunión ni les interesa como hecho en sí. Toman lo que necesitan y lo que encuentran porque deben escribir y vivir, no porque deban describir lo que viven. Los beats no escribirán sobre las drogas. Se drogan, escriben y punto. Kerouac escribe los versos de Mexico City Blues fumando marihuana y tomando morfina, pero ello no se manifiesta mayormente en sus versos. Tristessa, la historia de su amor por una prostituta drogada, refleja el efecto de los cócteles cargados de bourbon y morfina, pero sólo como escenario de fondode su narración, al igual que en Los Subterráneos: para ellos, el alcohol y las drogas son Gasolina para la vida, gasolina para la escritura.

Con el tiempo, después, vendrán nombres como Charles Bukowski, que es mucho mejor bebedor que escritor o Raymond Carver, mucho mejor escritor que bebedor, tanto así, que es uno de los pocos que logra salir del alcoholismo, en sus últimos días, sin que el alcohol deje su huella indeleble en sus textos.

Sin embargo, la relación entre alcohol y la literatura no solo se limita a Estados Unidos ya que existen otros nombres que ahogaron su escritura en vasos de alcohol. Por ejemplo, está la figura de Malcolm Lowry (1909-1957, inglés), quien retrata de una manera lírica, objetiva e intensa las miserias y desdichas del alcoholismo, en la medida en que, para él, la literatura no era sino un espejo que le devolvía su propio reflejo. Es el paradigma del bebedor destruido por ser hombre y del hombre destruido por ser bebedor. Bajo el Volcán (1947), su obra maestra, es el resultado de su larga experiencia como borracho. También están sus poemas “Las Cantinas”, aparecidos póstumamente. Fue Lowry quien escribió: “Nuestro ideal de vida contiene una taberna”.

O el propio Dylan Thomas, que desde joven (17 años) cogió el hábito que lo llevaría a la muerte. Bebía muchísimo, como buen galés, para evitar el aburrimiento y la rutina que le perseguía como mal endémico; como se puede ver en “Un Sábado Caliente” de Retrato del Artista Cachorro. Sin embargo, D. Thomas siempre escribió sobrio y su relación con el alcohol no pasa por la literatura, sino que por su relación que tenía con la muerte, por medio de éste. Murió de una crisis etílica, por supuesto, después de ingerir 18 whiskys.

Como se puede ver, el mito del escritor alcohólico, ebrio de tanto vino como de “malditismo”, lo inventaron (y reinventan) aquellos que no distinguen una botella de un libro y para quienes beber supone de antemano, un aval de belleza, poesía y noche.

A partir de estas figuras, alcohol y literatura seguirán unidos de diversas formas, pero por sobre todo y a modo de conclusión, entregándonos disímiles obras literarias en cuanto a calidad.

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