martes, 9 de febrero de 2010

Cuando la Poesía nos haga millonarios. Por Paolo Astorga

Cuando la poesía nos haga millonarios, obviamente no seremos humanos, seremos dioses. Y es que a pesar de mi visión pesimista ante la acción de “vivir” de lo que escribimos es a lo sumo un gran argumento para la ciencia ficción, un buen chiste para circo pobre o en los mejores de los casos el sueño más húmedo de un autista.

La poesía no se vende, ni se lee. Bueno, sí se lee, aunque en espacios tan reducidos, por sujetos que también producen poesía. A ver, probemos: Salga de su casa una mañana cualquiera a las 8 a.m, tome un colectivo hacia algún lugar (no importa dónde), observe. ¿Ve Ud. a alguien leyendo? Quizá sí. ¿Es poesía lo que lee? No. Volvamos.

La poesía no es para vender, es para dar a entender al mundo que existimos como algo más que mercaderes, que productos, que objetos de intercambio, que mercadería andante. La poesía muchas veces es el lugar más común para los marginados (y los que aparentan serlo).

Ser poeta es un oficio que en realidad no tiene beneficio. No tiene beneficio, pero sí algo que jamás otra cosa puede darnos: Libertad, conciencia, sensibilidad, amor, ternura, esperanza, esperanza, mil veces esperanza.

No soy un utópico, ni un soñador. Es un hecho: Todos los poetas en algún momento vamos contra la corriente, perdemos alguna extremidad, angustiamos nuestro espíritu, morimos con Rimbaud, nos asilamos con Dante, tratamos de gozar dolorosamente con Pizarnik o con Plath, intentamos la locura con Leopoldo Maria Panero, nos comprometemos con Vallejo, y somos desde ya, seres indeseables, pero inofensivos.

La poesía no se lee, no se vende (y más si es poesía contemporánea hecha por jóvenes), pero existe. Algo hay que hacer. Una idea: salgan de sus casas vayan a una librería y compren algún libro de poesía (no importa cuál), luego vuelvan a tomar un colectivo hacia algún lugar y en medio de la ruta, como enloquecidos y euforizados por algún alucinógeno, lean un poema del libro, en voz alta para que todos escuchen, luego cuando toda la gente piense que usted está demente, desquiciado, preso de la tensión o de alguna enfermedad psicopática, cierre el libro, regálelo a la primera persona que vea, baje en el paradero más próximo y sonría. Usted acaba de ganarse el cielo, acaba de hacer un acto que ante los ojos sucios es extraño, inconcebible, temerario, quijotesco, tonto, estúpido, pero no. Usted habrá ganado algo más que el rechazo masivo, habrá ganado la purificación total de su alma, de su ser.

Si usted no puede intentar este acto de heroísmo, no importa, de todas formas, compre el libro, guárdelo como una especie de “cosa curiosa” y espere el paso del tiempo sobre su cara, coma un helado de lúcuma, sea feliz en su ignorancia, vaya al baño dos veces al día, tenga buenas relaciones con sus vecinos, lave la ropa sucia, viaje a Francia, tome un té helado, acaricie un gato negro, vea televisión, visite su Facebook, entre a Remolinos, consuma soya, vaya al médico, presencie la muerte de un anciano, coma cinco frutas al día, medite sobre el calentamiento mundial, compre un sexy calendario, y sueñe aunque la muerte, pronto, le diga que no.

Paolo Astorga
Miembro fundador del grupo literario “Letra en llamas”
Editor de la Revista Literaria
Remolinos
Blog:
http://sinllegaraloinvisible.blogspot.com/

Fuente: Nido de palabras de César Pineda.

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