jueves, 22 de septiembre de 2011

“Arguedas, una consigna y un hecho” (*) – Por: César Boyd Brenis


No es una coincidencia, pero después de cien años Arguedas y Machu Picchu nos han reconciliado un poco más con la historia y las tradiciones de nuestro suelo patrio. Es una ocasión de júbilo y anhelo. José María Arguedas ha representado loablemente una corriente en la cual nos reflejamos todas las sangres, para pensar como peruanos y en peruano.

Nacer en Andahuaylas fue un hecho cargado de azar; sin embargo, el alimento cultural con el cual se nutrió y en el que se asentó su pluma, es legítimamente un suceso conciente, ensamblado de experiencias sociales, estudio y amor por cada identidad y cada emblema que conforma la suma de todas las diversidades.

La fecha de su nacimiento coincidió con la del gran poeta Rubén Darío (18 de enero), pero en años distintos. Y nació con Ernesto Sábato el mismo 1911, como encontrándose dos luchadores sociales en una misma historia de poderes y fracasos.

Como todo seguidor del arte musical, sus estudios antropológicos acerca de los ritmos andinos lo mantienen en la cúspide de la seriedad investigativa, y lo reconocen como padre y promotor de la revaloración del arte nativo y del ande. No obstante, su labor no es muy conocida en dicha rama, pues la literatura se colocó en el eje de su accionar intelectual, y sus novelas y sus cuentos son la gran herencia que legó al país, no quitando de sus obras ese aroma a música de cada palabra realista, profunda y comprometida.

Alguna vez, Arguedas recordó en sus escritos que los años más felices de su vida se dieron al lado de dos campesinos, quienes eran sus compañeros de faenas agrícolas en la hacienda Viseca cerca a San Juan de Lucanas. Ese hecho, inyectado de una valoración absoluta por su gente, podría ser el testimonio más humano de su biografía.

Las circunstancias familiares que lo rodearon no fueron nada agradables. El destino lo dejó huérfano de madre a los dos años de edad y lo ligó con una madrastra conflictiva. Eso fue lo que lo condujo a ver a la gente del campo como los hermanos sustitutos que en el fondo eran, realmente.

Además, un hermano de sangre llamado Arístides siempre lo acompañó en sus peripecias. Así como cuando se escaparon de la casa donde su padre los había llevado a vivir junto a su madrastra y hermanastro, personas de crueldad luciferina. De esa forma, en un acto de valentía y atrevimiento, los jovencitos José María y Arístides fugaron hacia la hacienda de su tío, quien los acogió con alegría.

Todos aquellos hechos de increíble crueldad que Arguedas vivió, fueron reflejados en sus obras, pero siempre dibujados con otro rostro y con tónica literaria; ayudado por la palabra, castigó y corrigió cualquier maltrato y asimiló con valentía su lucha interna y sus traumas que no lo desligaban de su profunda herida de infancia.

Esa misma herida, ese mismo abandono y olvido, tuvo que ser subsanado por el Arguedas que libró todas las batallas y salió victorioso. Trajo consigo el amor propio que ningún hombre de esta tierra lo pueden obligar a perder, y se acaloró con el sentir andino para cabalgar en las prosas legendarias de los campos y las plantaciones.

José María cumple 100 años y no se le concedió el privilegio de reconocer dicho acontecimiento colocando al 2011 como “Año del Centenario de José María Arguedas”, y sí, según se dijo que para evitar la mención de nombres, se le puso “Año del centenario de Machu Picchu para el mundo”.

Y ante este dilema, hasta me da por pensar que ni siquiera el constructor de las ruinas, ni el arqueólogo descubridor, ni el ancestro andino del que decidió darle aquel nombre al 2011, hubiese estado de acuerdo; pero las reivindicaciones se darán tarde o temprano. Ahora es el tiempo exacto para releer a Arguedas y respirar su mismo aire en cada rincón del Perú.

(*) Diario "La Industria" (08-09-2011)
Fuente: http://cesarboydbrenis.blogspot.com/