lunes, 5 de septiembre de 2011

“La valija mágica” – Por: Juan Forn


Borges le dice a Bioy: “Cuando le cuento sueños a madre, creyendo que son valiosísimos, ella se pone furiosa. Dice que, mientras ella duerme tranquila, yo estoy soñando disparates, que ni dormido la dejo en paz”. Lo que estaba soñando Borges era que alguien lo apuntaba con un arma y le decía: “Voy a matarlo, no puede hacer nada”. A lo que Borges contestaba: “Puedo hacer algo: despertarme”. Uno se lo imagina abriendo los ojos a las cuatro de la mañana y preguntando en la oscuridad, hacia el cuarto de al lado: “Madre, ¿está despierta? ¿Sabe lo que acabo de soñar?”.

Sospecho no ser el único al que le emploman los sueños ajenos, sean por escrito, en películas o por vía oral. Pero, a diferencia de doña Leonor, los sueños de Borges me enganchan siempre, entre otras razones porque los cuenta tan sencillitos y breves que funcionan como haikus: terminan casi antes de empezar, relato e impacto son casi simultáneos. La otra cosa que me gusta es la combinación de desenfado y familiaridad con que Borges se los cuenta a Bioy. No por nada la recalcitrante doña Leonor le decía a su hijo: “Vos no sos reservado, sos indiscreto. Pero te salen bien las indiscreciones”. Véase este otro ejemplo, que ocurre después de un fugaz paso de Borges por el quirófano: “Soñé que era Inglaterra e interpreté unos tironeos en la barriga como el dolor de parir a Australia. Al despertar, me alarmé un poco por haber tenido un sueño así. La operación de la próstata hiere y perturba el amor propio”. Bioy, que ha ido a visitar al amigo, recuerda al oír esa confesión un comentario de Borges a la salida de una tarde de trabajo en la editorial Emecé: “Vamos a La Fragata, que tiene un mingitorio donde se logran pises excelentes”. Lo urinario es todo un tema entre los dos amigos. Un día que comen en lo de Bioy, Borges espera que Martita, la hija de su amigo, se levante de la mesa para decir, llevándose a la nariz una rebanada de pan negro: “Ahora que se fue Marta, te voy a confesar que este pan me gusta tanto porque tiene olor a pis”.

Fritz Lang le dijo una vez a Godard: “Si me abrieran al medio, saldría un niño viejo, o un anciano joven. Uno cumple los veinticinco y no tuvo tiempo de conocer la vejez de la juventud. Lo mismo pasa cuando uno envejece: el período para conocer la juventud de la vejez es demasiado corto”. Borges y Bioy resolvieron ese problema a su manera: “Cometemos el error de creer que los demás son adultos, pero son tan pueriles como uno”, le dice Bioy a su amigo. Y éste contesta: “Si uno nació chico, sigue siendo chico. Habría que nacer adulto para ser adulto”. Como bien se sabe, Borges le llevaba quince años a Bioy, pero se hicieron amigos enseguida porque ninguno de los dos había nacido adulto: podían ser dos impenitentes niños viejos o dos ancianos púberes igual de impenitentes. En particular con el plúmbeo Manuel Peyrou, que fue incurablemente adulto toda su vida y que solía decir: “Hay gente que te irrita de antemano por la estupidez que va a decir y te irrita después porque defraudó tu expectativa diciendo algo atinado”. Simulaba referirse al común de la gente, pero en realidad estaba hablando del irritante efecto que le producían Borges y Bioy cuando estaban juntos.

A María Kodama le pasaba lo mismo, razón por la cual se aplicó a “alejar a Borges del señor Bioy”, como decía Fanny, la mucama correntina que fue mucho mejor sparring de sueños para Borges que la entonces difunta doña Leonor. Un día, justificándose, Kodama le dice a Fanny: “Es que le hablan mal de mí”. Fanny le contesta: “Pero señora... ni hablan de usted” (es lapidariamente cierto; por la misma época, Silvina está una mañana leyendo el diario en el jardín de su casa en Mar del Plata, lee algo sobre Borges y le dice a Bioy, sin bajar el diario: “Qué caso extraordinario, alguien tan desdichado que llegó a la felicidad... porque mirá que ha sido desdichado”. Pausa. “Ahora está en la cúspide de su vida, le va bien, es feliz. Pobre, me da lástima”).

Fanny no contaba sus sueños, pero daba su opinión a Borges sobre los suyos, porque le parecían transparentes. En una de las raras visitas de Bioy al departamento de su amigo en la calle Maipú, Borges le cuenta que soñó que al comprar un libro se desplomaba, lo ayudaban a levantarse y descubría que era un enano. Fanny, que pasa por ahí para llevarse la bandeja del té, dice con ecuanimidad: “Es claro, el señor Frías pasó por acá esta tarde” (Carlos Frías, uno de los directores históricos de Emecé, medía en sus mejores momentos del día un metro cincuenta). Fanny le explicaba cómo dormir a Borges: “Cuando yo me duermo, entro en el profundo. Yo digo que morir ha de ser un profundo más hondo, y creo que más descansado”. Doña Leonor le había dicho antes de morir que se le aparecería en sueños para contarle cómo era el otro mundo. “Nunca se me apareció, señor; así que no ha de haber otro mundo”. Eso le hace recordar a Borges una frase que parece venirle de un sueño. Se la oyó a su padre setenta años antes, parados los dos en la cubierta del barco que los traía a la Argentina: “Llueve en el mar. ¿Ves que no hay Dios?”.

En 1981, cuando ya llevaban medio siglo de amistad cotidiana, Bioy resume distraídamente en su diario la mecánica de su vínculo con Borges: “A él le interesa todo más que a mí. Siempre está encontrando cosas para comentar: llega a casa como un viajante con su valijita y la abre para mostrar las riquezas que ha encontrado, rasgos absurdos o nobles de la gente, felicidades y paradojas de la literatura”. Durante cincuenta años anotó Bioy en su diario lo que Borges traía cada noche en su valijita. Con ningún auditorio se sintió Borges más cómodo que en aquellas noches en que se pagaba la comida en casa de su amigo con su valija mágica. A nadie le mostró tanto de su contenido. Borges es con Bioy como la mayoría de los escritores son sólo consigo mismos, adentro de sus cabezas, cuando se ríen solos, cuando se miran el calzón, cuando creen que nadie los ve, cuando no les importa la opinión ajena. Eso es lo más formidable y lo más impúdicamente escalofriante que tuvo su amistad, y que tiene el libraco sobre Borges que Bioy dejó para publicar post-mortem. Hay una frase que lo resume en lo alto y lo bajo igual de gloriosamente, y que nadie pescó o nadie se atrevió a citar en las mil semblanzas sobre el libro que se han hecho. Dice Borges que, en medio de un sueño, descubre con furia repentina: “La más clara prueba de que Dios no existe es el acto de cagar. La persona que descubra un modo de sustituir el papel higiénico se hará rico. Entonces verán nuestra época como increíble y bárbara. Dirán: se pasaban papel por el culo y se ensuciaban la mano, qué gente sin Dios”. Tal cual. Qué extraordinaria gente sin Dios eran los dos cuando estaban juntos.

No hay comentarios: