lunes, 2 de mayo de 2011

Muere Ernesto Sábato, un grande de la literatura latinoamericana


El maestro ya descansa. Sus restos fueron velados en el club de futbol Defensores, del barrio donde vivió durante 60 años.

En un día gris de otoño, durante la madrugada del último sábado, falleció a los 99 años el escritor Ernesto Sábato, reconocido como uno de los máximos referentes de la literatura argentina y latinoamericana y como hombre que vivió soñando con un mundo mejor, más justo y sin guerras, “aunque siempre estamos dando vueltas en ese camino, sin poder llegar”, como decía.

La noticia se conoció desde temprano y se vivió especialmente en el ámbito de la 37 Feria del Libro –la más grande que se recuerde–, donde este domingo le iban a hacer un homenaje al que estaba previsto asistirían miles de admiradores, y donde iba a estar representado por su hijo el cineasta Mario Sábato. Las autoridades de la feria decidieron mantener el homenaje, que se realizará después del entierro en un cementerio privado de la localidad bonaerense de Pilar .

Murió en su casa sencilla en Santos Lugares, localidad del sector popular de la provincia de Buenos Aires, al oeste de la capital argentina, donde vivía desde hace 60 años, y cómo el había pedido, sus restos fueron velados esta tarde, en un club de su barrio (Defensores de Santos Lugares), rodeado por vecinos, que desde la mañana comenzaron a dejar ramos de flores en las rejas y mensajes colgados en los árboles de su casa.

Hacía años que su salud estaba quebrantada, y desde 2008 había empeorado. Sólo recibía a familiares y amigos muy cercanos. Aunque aparecía como un hombre hosco, tenía un humor muy especial y rescataba la humildad“ como un refugio para la vida más digna”.

También había pedido expresamente austeridad en su velatorio y que no enviaran arreglos florales o que, en todo caso, se reuniera ese dinero para una fundación que ayuda al hospital público para niños más importante de esta capital.

Sábato nació el 24 de junio de 1911 en Rojas, Provincia de Buenos Aires; luego vivió en La Plata, capital provincial, donde estudió física. Allí conoció a Matilde Kusminsky Richter, con quien se casó en 1936, y por la iglesia en 1990.

La muerte de su esposa en 1998 fue un golpe que no superó, como tampoco la de su hijo mayor Jorge Sábato, quien falleció en 1995 en un accidente automovilístico. En sus últimos años vivió con Elvira González Fraga, quien fue su asistente, y quien lo cuidó con dedicación en todo este tiempo. “Sábato tuvo una vida muy buena, amó a su esposa Matilde y a sus hijos y siempre fue muy querido”, dijo Elvira, quien confirmó que el escritor falleció a causa de una neumonía y que en los últimos tiempos su salud era muy delicada, pero todavía pasaba “buenos momentos” escuchando música.

En 1938, Sábato obtuvo el doctorado en física en la Universidad Nacional de La Plata, y fue becado para ir a Francia, donde trabajó en el Laboratorio Curie, en París. En ese mismo año nació allí su primer hijo, y fue en la capital francesa donde se acercó al movimiento surrealista y a la obra de Óscar Domínguez, Benjamín Péret, Roberto Matta Echaurren y Esteban Francés, entre otros.

Sábato reconocía además la gran influencia sobre su vida y su obra que tuvo el dominicano Pedro Henríquez Ureña. En un fragmento de la primera parte de su libro Antes del fin, publicado en 1999, al hablar sobre su época universitaria, dice: Se me cierra la garganta al recordar la mañana en que vi entrar a ese hombre silencioso, aristócrata en cada uno de sus gestos, que con palabra mesurada imponía una secreta autoridad: Pedro Henríquez Ureña. Aquel ser superior tratado con mezquindad y reticencia por sus colegas, con el típico resentimiento de los mediocres, al punto que jamás llegó a ser titular de ninguna de las facultades de letras.

A Henríquez Ureña “le debo mi primer acercamiento a los grandes autores, y recuerdo su sabia admonición: ‘donde termina la gramática empieza el gran arte’, porque no era partidario de la concepción purista del lenguaje, por el contrario, estaba cerca de Vossler y Humboldt, quienes consideraban el idioma como fuerza viva en permanente transformación”.

domingo, 1 de mayo de 2011

"C. E. Zavaleta o El viaje al reino de la letra memorable" - POR Róger E. Antón Fabián


CUANDO MUERE UN ESCRITOR genuino, para quienes el cariño y la entrega al oficio literario se llevan en la entraña, sobre todo si se trata de un escritor de raza, sentimos como si fatalmente una parte nuestra se fuera con él. Es el terrible desenlace por el que algún remoto o cercano día tendremos que pasar a carta cabal, el sueño truncado de manera inexorable, sobre todo ese de anhelar escribir una obra que nos sobreviva. Carlos Eduardo Zavaleta ha muerto la mañana en que yo dictaba una clase de literatura y el mundo giraba tal cual, parece que seguirá tal; pero para mí es como si se hubiera detenido en un instante para ya adquirir otro tenor, quizá para siempre.

Podría decir que nos unía el hecho de ser oriundos casi de la misma tierra, ambos naturales de Ancash, que pasó su infancia en mi pueblo natal, en Chimbote, frente al mar, a tres casas de donde muchos años después yo tendría mi primera novia, que fue un escritor de la Generación del 50, un estudioso entusiasta de William Faulkner y James Joyce, que era el maestro que todo aspirante a escriba sanmarquino escuchaba con respeto y casi temor, que inspiraba sumisión literaria acaso por su sabiduría y talento narrativo, que había sido maestro universitario de Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique, –a quien manifestaba le puso libros de Ernest Hemingway en la mano y lo asesoró para que iniciara su carrera con su tesis universitaria y su primer libro de cuentos–, el escritor que como Ernesto Sábato abandonó una carrera de ciencias para adentrarse en el terreno literario, el temprano enamorado de Olga en Caraz, el alumno, egresado, bachiller, doctor, profesor sanmarquino, el traductor de T. S. Eliot, Pound y Joyce, el viajero incansable, el diplomático o el maestro que buscó un camino distinto del costumbrismo e indigenismo literario peruano, y, poseedor de un formidable talento y una extraordinaria sensibilidad humana, que supo expresar fehacientemente la excelencia cultural peruana. Así lo recuerdo.

Recibí la noticia a minutos de su fallecimiento por una llamada telefónica del poeta Ricardo Ayllón. A decir verdad, yo que tengo muy bien planteada la situación de la muerte, lo lamenté toda la tarde y aún habituado en quehaceres editoriales estuve sumergido en el recuerdo. Precisamente alguna vez a ambos nos contó como recorría pueblos enteros vendiendo libros, casi de casa en casa, en una actividad cultural digna de elogio. De temperamento inquisidor, también recuerdo a una pregunta mía su confesión, una anécdota sobre el escritor Ciro Alegría, entre otras que dejaré para mis memorias.

Nunca olvidaré su abrazo sincero y su afecto cuando me riñó porque mencioné a Camilo José Cela en el discurso de concesión del premio los Juegos Florales de San Marcos, me dijo que el autor de “La Colmena” había sido servidor de Franco, que lo fue. Aquella vez con el viejo querido Carlos Eduardo Zavaleta conversamos sobre Francisco Umbral y el Premio Nadal, que –enfatizó– "no era un Planeta, que lo podía ganar cualquiera". Lo conocí en Chimbote cuando yo aún no conocía Lima y me hice algunas fotografías con él que salieron publicadas en el Diario La Industria de Chimbote, cuando yo preparaba algunas entrevistas a renombrados escritores peruanos entre los que sin duda figuraba él en primera línea. Años después asistí a la clase de inauguración y bienvenida a la Universidad de San Marcos, impartida precisamente por él, y ya lo vi continuamente. Alguna vez con mi compañero de aula Ricardo Flores Gago, gran lector y explorador de joyas literarias, lo ayudé a escoger una edición de Joseph Conrad, en esas ferias de libros que se levantaban en la Facultad de Letras de la universidad en los inicios de los años noventa, porque sencillamente era como el padre mayor que dictaba el curso de Literatura norteamericana. Allí lo escuché hablar con pasión de Poe, Hemingway, Hawthorne, Melville, Twain, Thoreau y entre otros de Henry Miller (quizá el me recomendó ese texto que se llama “Los libros en mi vida”).

Al tiempo cuando yo había dejado ya la universidad, me enteré que vivía casi solo, que cientos o quizá miles de libros habían tomado posesión de casi todos los ambientes de su casa, y fueron muchas las veces que propuse a más de una institución que se realizara una larga entrevista temática y completa sobre su vida y su obra para conformar un libro singular, pero jamás salió a flote la aprobación del proyecto, pues bien hace algún tiempo antologué alguno de sus cuentos, y espero algún día realizar algún estudio sobre su obra narrativa y la evolución de la misma.

Una de las últimas entrevistas suyas que leí fue concedida a Axthedmio Mau Guil, publicada en un número de la revista Casa de Asterión y titulada "La rutina del fuego", donde el escritor ancashino habla de sus maestros, la técnica narrativa, las mujeres y la vida. Supe que buscaba que lo visitaran, y a decir verdad tuve la secreta esperanza, a pesar de que supuse que se encontraba muy delicado de salud, de su mejoría. En julio del 2010 le habían hecho un homenaje a cargo de la Asociación Capulí, Vallejo y su tierra, presidida por el escritor Danilo Sánchez Lihón, y hacía poco había dado el discurso de honor con motivo de otorgamiento de la medalla de honor sanmarquina a Mario Vargas Llosa por alcanzar el Premio Nobel de Literatura.

Carlos E. Zavaleta (apliqué también esa E. a mi segundo nombre) quedará grabado en mi memoria con su recuerdo, ejemplo, amistad y afecto de maestro entrañable, cuando yo era un ratón de biblioteca en mi vieja universidad y él ya un maestro consagrado. Hacía poco acababa de morir Gonzalo Rojas a quien también conocí en la feria del libro de Lima, en este mes de las letras, tan aciago. Al parecer el exacto veintitrés es una suerte de coartada literaria en que se han ido muchos grandes como William Shakespeare, Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes, entre otros. Carlos Eduardo Zavaleta se marchó –a pesar de no coincidir en la fecha de despedida–, partió de este mundo, al reino de la letra memorable, y será siempre uno de los grandes, el mejor cuentista de todos los tiempos en el Perú.


© Róger E. Antón Fabián, es autor de la novela “El Paraíso Recuperado” (España).

martes, 19 de abril de 2011

“Acto elucidatorio sobre la gran ciencia y el filósofo” – Por: Ronal Pérez Díaz


Desde los orígenes el filósofo es un hombre libre que contribuye, a través de su quehacer, a liberar a los demás hombres de todo mal y prejuicio en la danza de los tiempos.

La gran ciencia para el gran Confucio; sabiduría, tal vez, cuyo origen es intrínseco a la naturaleza racional. Tan antiguo es su nombre como moderno: Filosofía, desde que Heráclides Póntico –ante la admiración y el desconcierto de Leonte en Fliunte (Grecia)– osó, sin ninguna reserva y con la libertad que atañe al hombre verdadero, llamarse filósofo. Ello, en honor a la verdad de Marco Tulio Cicerón, quien refiere a los hombres entregados a la contemplación y al estudio de la naturaleza para el conocimiento de la vida humana, causas y principios de toda su existencia: “éstos se llaman estudiosos de la sabiduría o, lo que es lo mismo, filósofos.” (Cicerón, Sobre el origen del nombre filósofo).

El filósofo no es un hombre del pasado ni del presente; es, en esencia, del futuro, pues está facultado para contemplar todos los horizontes, todos los crepúsculos de las ciencias. Por ello los “pensadores libres” no son científicos, historiadores, poetas o esoteristas. Son la síntesis de todo. La libertad que les invade es su locura, dado que no están supeditados a tendencias que hayan intentado reducir los valores inherentes a la filosofía, a confusiones, a ofuscantes visiones de admirables videntes. Ellos son águilas jamás atrapadas por jaula alguna. Y en la grandeza de su voluntad tienen la máxima labor y la sociedad debe exigirles “el crear valores… Su investigación del conocimiento es creación, su creación es legislación, su voluntad es verdad, es… voluntad de poderío” (Federico Nietzsche, La singularidad del filósofo).

Los filósofos, en su excelsa tarea, deben renovar las llamadas “verdades”, las normas imperantes en la sociedad y hacerlas ostensibles, viables, consuetudinarias, para que durante cierto tiempo surja una colectividad nueva. Pero, en verdad, es en ella donde radica su peor enemigo y “es constantemente el ideal de hoy día”; es por ello que suelen ser considerados como “locos insoportables y enigmas peligrosos”, teniendo la noble misión de “ser la mala conciencia de su época” (Federico Nietzsche, La singularidad del filósofo).

El filósofo debe salir de la obnubilación de los sentidos; es decir, un morir en sí mismo. Debe elevarse por encima de los demás como paradigma renovado. Que hable no con disimulo, no con arrogancia, sino con humildad y sinceridad. Según Maurice Merleau-Ponty (1908–1961) el filósofo es el hombre que se despierta y habla. A propósito de filósofos (o buceadores del conocimiento) me limito a las interrogantes de Nietzsche: ¿Existe hoy día semejantes filósofos? ¿Hubo semejantes filósofos? ¿No será preciso que haya semejantes filósofos?

La filosofía “aspira primordialmente al conocimiento”, como diría Russell, y es producto de la labor del filósofo. Es ciencia que le permite redimirse y liberarse al ser humano, “no es un señuelo para deslumbrar al pueblo… no consiste en palabras, sino en obra” (Lucio A. Séneca, La filosofía y la vida). Ella no se resigna a la ociosidad, sino al estremecimiento infatigable por el quehacer. Ordena la vida, gobierna los actos. Es decir, es el velero que nos conduce a innumerables destinos.

Aprendemos a gobernar nuestros pensamientos, nuestras acciones, cuando mantenemos la mirada firme en nuestra propia naturaleza. Cuando empezamos a corregir nuestros defectos, no los de otros. Cuando procuramos, con intenciones sinceras, entregarnos al autoconocimiento, a la autocorrección y no a perfeccionar el mundo y adaptarlo a los propios deseos ególatras. En efecto, “el perfeccionamiento de uno mismo es la base de todo progreso y desarrollo moral” (Confucio, La gran ciencia). A tal fin contribuye la filosofía. Pero, en suma, el objetivo principal “consiste en el cultivo de la naturaleza racional que todo hombre recibe del Cielo y la búsqueda del bien supremo al que debemos dirigir nuestras acciones” (Confucio, La gran ciencia).

La filosofía debe ayudarnos a mantener la mirada fija (como la mirada de los gavilanes en la presa) en el fin último: despertar del deslumbramiento terrible, de la limitada y angustiosa manera de proceder. Debemos manumitirnos del embrujamiento, de las alucinaciones constantes, como resultado de una sociedad cada vez más capitalista, neoliberal, estrictamente estancada e inoperante. Cautivados, en esencia, por un mundo carente de lo grandioso: los valores.

El empeño de la filosofía actual debe dirigirse a “liberar nuestro espíritu de los prejuicios” (Bertrand Russell: El valor de la filosofía), a esclarecer y darle orden a nuestros pensamientos.

Para finalizar, en un pequeño acto elucidatorio y particular acerca de la filosofía, me entregaría a las profundas concepciones de Ludwig Wittgenstein: “la filosofía es la lucha contra el embrujamiento de nuestra inteligencia por medio del lenguaje” (La función esclarecedora de la filosofía). Es decir, debe redimirnos para hacer nuestra existencia grande y libre. Para escapar, de algún modo, de esta prisión y de esta lucha constante: la vida.

“Japón: Escombros bajo el sol naciente” – Por: Harold Castillo


Dueño de una cultura milenaria, y habiendo superado los errores históricos, Japón se ha convertido, con el tiempo, en un país ejemplar: progresista, sincrético, siempre a la vanguardia de las innovaciones científicas y tecnológicas; pero sobre todo con identidad. Es imposible que una nación pueda salir adelante cuando se conspira contra ella desde adentro. He allí la gran diferencia entre los Estados del primer mundo, como Japón, y aquéllos que persisten en el más grande atraso.

La tragedia producto del sismo ocurrido en Japón el pasado 11 de marzo deja aún muchos aspectos para reflexionar, habida cuenta de que es uno de los países con mayor preparación en el mundo para afrontar esta clase de adversidades y, sin embargo, se vio remecido fuertemente por los embates de la naturaleza.

Nos preguntamos entonces lo sensato: ¿Qué pasaría si un sismo de magnitudes parecidas ocurriese en nuestro suelo? Luego del dolor vivido en Ica, apenas hace pocos años, ¿el Perú se encuentra realmente preparado ante un nuevo episodio de angustia?

Cabe precisar que el epicentro del terremoto en Japón, de 9,0 en la escala sismológica de magnitud de momento, se registró en el mar, frente a las costas de Honshu, a 130 km al este de Sendai, en la prefectura de Miyagi. Dos días antes ya se había producido un temblor de magnitud 7,2 MW. Lo sorprendente fue que pasara casi desapercibido, dada la infraestructura antisísmica que posee este país oriental y, sobre todo, gracias al civismo de sus ciudadanos. Muchos sentimos, en aquel momento, una especial admiración por esta gente, estigmatizada por los temblores constantes, pero impetuosa y resuelta al momento de plantear soluciones preventivas. El terremoto que vino después, seguido del destructor tsunami, sólo puso en claro lo evidente: cuán poco somos los hombres ante el poder de la naturaleza. No obstante, gracias a las medidas tomadas, se pudieron salvar numerosas vidas.

Esto último es lo valioso, lo que países como el nuestro deberían tomar como ejemplo e imitar. Pero, dada la idiosincrasia de nuestros habitantes (sin visión ni aspiraciones como Estado) parece todavía una realidad algo lejana. Sobre todo por nuestros gobernantes, que se turnan y pasan por lo general inadvertidos. Pareciera como si no les importara, para nada, el desarrollo del país; sacarlo del atraso mediante políticas drásticas para combatir la pobreza, el centralismo, la falta de identidad, de oportunidades, de valores, de condiciones básicas para persistir como nación. Pareciera como si su mayor aspiración consistiese en la conquista del poder para sus beneficios personales. Desde que somos república, en realidad, no ha nacido un peruano que haya sido capaz de guiar al país, como un verdadero líder, hacia un porvenir exitoso. Y resulta triste admitirlo. De qué sirve entonces tanta riqueza económica si nuestra mayor carencia es justamente la riqueza humana de nuestros habitantes. Qué tan profundo hay que caer para poder plantearnos esta gran pregunta: ¿Hacia dónde va el Perú como nación?

En el caso de Japón, con una cultura mucho más firme y perseverante desde la antigüedad, la idea de Estado se arraigo muy pronto entre sus pobladores. El régimen imperial fue determinante, de modo que las crisis internas que se sucedieron a través de los siglos no pudieron mancillar la visión primordial sobre el posicionamiento hegemónico que querían mantener sobre los otros pueblos orientales.

Japón en la Historia

Fundado, según la tradición, en el siglo VII a.C. por el Emperador Jinmu, su nombre (Nippon) significa, literalmente, “el origen del sol”. Es un país que recibió una gran influencia por parte de China a través de su religión: confucianismo, budismo, taoísmo; lo cual robusteció el poder del emperador. Japón desarrolló una estructura feudal a partir de los siglos III y IV. Con el correr del tiempo se vio inmerso en numerosos conflictos y luchas señoriales, guerras internas y diversos cambios en sus regímenes de gobierno. Desde un principio los emperadores fueron los gobernantes oficiales, pero en muchas ocasiones sólo de apariencia. La manipulación por parte de la clase noble o de los gobernadores militares (shogunes) contribuyó al caos interno.

En el siglo XIV la autoridad imperial se restableció, pero sólo por un tiempo, hasta la llegada de un nuevo régimen feudal militar a cargo de los daimyos o señores feudales, cuyo instrumento ejecutor fue la casta de los samurais.

El cristianismo es introducido al Japón en el siglo XVI con la llegada de los portugueses y españoles, pero es perseguido y abolido por las dictaduras militares sucesivas que restauran, en el siglo XVII, el shogunado.

En el siglo XIX, tras la Guerra Boshin, surge la Restauración Meiji (1867), a cargo del emperador Mutsu-Hito, con la cual se pone fin al shogunado y comienza la modernización de Japón, adoptando los modelos occidentales y convirtiéndose en una potencia mundial. Luego vendrían sus afanes expansionistas, la Primera Guerra Sino-Japonesa (1894-1895), la Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905) y la ocupación de Taiwán, Corea y otros pueblos.

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) reportó a Japón grandes beneficios, pues perfiló su posición hegemónica en la zona, tanto en lo militar como en lo económico.

Después de 1920 surgen muchos conflictos en Japón debido a crisis internas y externas (La Gran Depresión del ‘29), lo que promovió la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945) y la participación decisiva de Japón en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Terminada la guerra, y tras la ocupación norteamericana (1945-1952), Japón se democratiza y entra a la vida occidental. En poco tiempo se transforma en una de las principales potencias económicas del mundo. En 1995 un terremoto en la ciudad de Kobe causó la muerte de 6,433 personas. Desde entonces, hasta la actualidad, el país nipón ha venido asombrando al mundo a través de su modernidad y tecnología, de la sensatez y progreso de sus ciudadanos. Hacer posible lo imposible. Dominar al medio con infraestructura y hacer al mundo testigo de su gran desarrollo y potencialidad.

Posible amenaza nuclear

El problema en las plantas de energía nuclear de Onagawa y en particular Fukushima puede considerarse como un daño colateral producto del sismo del 11 de marzo, en vista de que Japón, por desgracia, no cuenta con sistemas alternativos para la producción de energía y al ser la energía nuclear la fuente principal de abastecimiento, pues, constituye una bomba de tiempo ante eventualidades como ésta o ante hipotéticos ataques militares. Pero la peligrosa radiación nuclear no es cosa de juegos. Japón ya ha padecido las dolorosas consecuencias de las bombas atómicas lanzadas por los Estados Unidos en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial. Al margen de las medidas que se estén tomando para poder controlar la amenaza radiactiva, todo esto debe ser planteado como un asunto de vital importancia para el futuro, en función a que siempre existirán los desastres naturales y que no deberían acarrear mayores tragedias, esta vez por descuido del hombre.

Una cultura prodigiosa

Hoy por hoy la cultura japonesa se desarrolla en las vertientes de lo tradicional y lo moderno, producto de años de evolución y por la notoria adaptación que ha tenido con el mundo occidental contemporáneo. Una muestra palpable la encontramos en su arquitectura, oscilante entre palacios históricos y majestuosos y las modernas edificaciones urbanas que ya todos conocemos.

Su arte y decorado sobresalen en el mundo gracias a su delicadeza y acabado, gracias al mito que atesoran. Las costumbres niponas se han arraigado en diversos paises del orbe (como el Perú), formando colonias que preservan su identidad y la difunden.

En lo que respecta a la ciencia y la tecnología, Japón es uno de los paises más innovadores y avanzados del planeta, siempre abocado a la investigación y productividad, proporcionándole al hombre actual la más alta calidad en maquinarias, electrodomésticos, computadoras, artefactos para el trabajo y el entretenimiento.

Hablando de literatura, están los escritos tradicionales como “Genji Monogatari” de Murasaki Shikibu, considerada una de las novelas más antiguas de la historia. O los autores occidentalistas de la era Meiji: Natsume Söseki y Mori Ögai, que fueron los primeros novelistas modernos de Japón. Luego aparecerían escritores de la talla de Akutagawa Ryünosuke, Tanizaki Jun’ichirö, Yukio Mishima, los premios Nobel de Literatura: Yasunari Kawabata (1968) y Kenzaburo Öe (1994), y más recientemente Haruki Murakami.

Todo esto nos habla de un país que se ha ganado su posicionamiento a base de trabajo, de esfuerzo, de mentalidad superada y visionaria. Luego de los errores históricos y pretensiones belicistas que, en el fondo, ningún beneficio le reportaron, Japón ahora apuesta por el futuro. Estamos todos convencidos de que el dolor y el desasosiego que el último sismo ocasionara no será fuente de quebranto para los espíritus japoneses. La propia Historia es testigo del ímpetu japonés para sobreponerse a los avatares del destino. El Perú se solidariza con Japón y sus damnificados; muchos deseamos algún día poder homologar la grandeza de esta nación. Hoy habrá escombros bajo el sol naciente, pero mañana la luz de la esperanza se levantará sobre un pueblo ejemplar, pujante, camino hacia la reconstrucción.

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Bibliografía:
- Diccionario Enciclopédico Lexus.
- http://es.wikipedia.org/

lunes, 4 de abril de 2011

“Lo esencial es invisible a los ojos” – Por: Ronal Pérez Díaz


En verdad podemos afirmar que el ser humano en esencia (conciencia) es lo más digno y decente que pueda existir. La esencia es el “genio de la lámpara maravillosa de Aladino, ansiando libertad” (Samael Aun Weor); es el principito despertando lazos de amistad y así concluir siendo el único en su especie. Es, en el fondo, el cordero habitando la caja; genialidad artística del aviador.

Podemos entender a la obra de Antoine de Saint–Exupéry (Lyon, 29 de junio de 1900 – Mar Mediterráneo, cerca de la costa de Marsella, 31 de julio de 1944) como una expresa narración en la que se expone un proceso interior inherente a cualquier persona, puesto que son experiencias que no escapan a la realidad. Notamos, pues, al aviador en el desierto del Sahara, tratando de arreglar un desperfecto en el motor de su avión, semejante al Moisés Bíblico. Mientras que el segundo halla a Dios en la montaña; el primero, a un pequeño e iluminado principito, con cabellos de trigo:

“Podéis imaginar, pues, mi sorpresa cuando, al amanecer, me despertó una singular vocecita que decía: Por favor… ¡dibújame un cordero!…Y vi un hombrecito extraordinario que me miraba seriamente.”

Cuestionándonos de manera significativa, notamos que el desierto implica la aridez espiritual, la dolorosa situación de nuestra vida, debido a que de modo ineludible lo más importante de nosotros se ve inmiscuido en esta vida insulsa. En sí atañe a la ansiedad, a la infertilidad interna. “Es también un erial, símbolo (…) de la sequedad espiritual, de esa soledad interior.” (Manuel Ballester).

La figura del principito aparece como un llamado a una nueva vida, como despertar de una pesadilla y percibir un rótulo en la distancia y una invitación hacia una manera distinta de vivir, con un ideal de plenitud, un “estar en este mundo” con sentido para cada hombre; pues, “el piloto, en última instancia, es el símbolo del hombre contemporáneo” (Manuel Ballester); el cual, en un determinado momento de su vida se da cuenta de su realidad mediocre, se hace consciente de que la existencia en su conjunto no lleva la direccionalidad que debiera tener. Entonces se siente insatisfecho, incapaz de contemplar lo esencial, pero un poco orgulloso, vanidoso tal vez:

“Quizá me creía semejante a él. Pero yo, desgraciadamente, no sé ver corderos a través de las cajas.”

Al aviador le llevó mucho tiempo comprender lo valioso; es decir, salirse de lo útil, lo obvio y deducir que las semillas de la esperanza habitan, en secreto, en lo más recóndito de nuestro ser. Éstas “duermen en el secreto de la tierra hasta que a una de ellas se le ocurre despertar.”

La amistad había empezado a germinar como un suceso de domesticación aviador–principito, semejante a la rosa y el diminuto ser. La rosa, aquí vendría a representar a lo femenino: la mujer, aquella a la cual hay que cuidar, tratar con suma amabilidad y sobre todo con amor. Este proceso de acercamiento mutuo hace que nos sintamos únicos, irrepetibles en infinitos espacios de vida.

El principito empieza a recordar, después de recorrer el planeta cuyo rey no tenía a quien gobernar, sino sólo a sí mismo y con él al universo; antes de ver al ebrio sumiendo su vida en una desazón profunda; contemplar al vanidoso, único ente que sólo escucha las alabanzas y los demás son siempre sus admiradores. Continúa su viaje, hallando luego a un hombre de negocios, inmergido tan profundamente en sus cifras dolorosas; virando después, por un instante, la mirada hacia un farol y su farolero, oficio que sería “despreciado por todos los otros: por el rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios” y en medida extrema por un anciano que mataba el tiempo escribiendo enormes libros: era un geógrafo.

Es la Tierra el séptimo planeta visitado por el principito. Halla una serpiente, rosas que hablaban como la suya. Se siente entonces inmensamente defraudado, engañado, y al fin, tendido sobre la hierba, llora. ¡Ah, he ahí la magia del zorro! Bastaría la astucia de un animal para ayudarle a comprender la importancia de formar lazos amicales, de ser domesticado, e igualmente tener necesidad el uno del otro, sentirse correspondido, salirse de la monotonía de la vida:

“Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan… Me aburro, pues, un poco. Pero si me domestican, mi vida se llenará de sol.”

Es decir, se iluminará. Habrá claridad, sinceridad, con uno mismo y con el otro; la vida encontrará el eje en el cual girar. No obstante, eso no es todo. Faltaba el secreto, el enigma que sin argucias de zorro cazador le regalaría al de los cabellos de oro al momento de partir:

“Y volvió donde estaba el zorro.

–Adiós –dijo.

–Adiós –replicó el zorro–. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.”

El tipo de relación que se ha forjado entre zorro–principito quedará grabado como una huella imborrable en los recintos de sus almas. Ambos se reconocerán, ambos se recordarán. He ahí lo inestimable, lo más grande a lo que puede aspirar el hombre; lo invisible, lo que embellece al desierto de nuestras vidas:

“Lo que embellece al desierto… es que esconde un pozo en alguna parte…”

“… Ya se trate de la casa o de las estrellas o del desierto, lo que los embellece es invisible.”

En fin, hay que arreglar la avería en el motor: el corazón, para erigir seguramente la verdad; es decir, hallar la direccionalidad de nuestra vida para hurgar de manera introspectiva en nuestro desierto y contemplar la dulzura de las sonrisas del principito. Si no está, tal desaparición habrá que recriminarle a la serpiente: “flaca como un dedo, poderosa como un rey.”

¡Ah… despertemos al principito, frotemos la lámpara y el genio hará maravillas…!

viernes, 4 de marzo de 2011

“Erika Madrid: Vida Poética” – Por: Harold Castillo


El trabajo fecundo de la poeta bonaerense, Erika Madrid, puede considerarse todo un descubrimiento para quien indaga por vez primera sobre el viso revelador de su arte. Sus versos, cargados de expresividad, nos transportan hacia un mundo de emociones intensas y una enfatizada conciencia a favor de la disciplina estética.

La literatura argentina ha constituido un baluarte importante para las letras hispanas en los últimos siglos. Esto se debe, en gran medida, a la preocupación de dicha sociedad por la formación humanística de sus habitantes y por un culteranismo innato heredado de su estirpe europea. Casos como Hernández, Lugones, Sábato, Borges, Cortázar, entre otros, corroboran la veracidad de tal afirmación.

Erika Madrid (Buenos Aires, 1977) es una digna exponente de toda esta tradición literaria. Poeta desde los 12 años, también fotógrafa y pintora en la actualidad, fue considerada por muchos en su país como “pequeño genio”, por la calidad y repercusión de sus versos. Ahora es toda una posibilidad –gran genio, a mi juicio– que debe ser posicionada y valorada, tanto como merece, para el enaltecimiento y prolongación de la vida de las letras argentinas e hispanoamericanas.

Pero no es tarea fácil convertirse en poeta, aun naciendo con notorias cualidades. Hay que saber explotar al máximo las virtudes estéticas. Erika Madrid ha sabido doblegar al monstruo de las banalidades, y se ha dedicado con afán a la conquista inminente de la esencia poética. Una locura para muchos, dado que la literatura es un oficio constantemente vilipendiado por ciertos estratos idiosincrásicos (a los cuales, por desgracia, pertenecen –entre otros– aquéllos responsables de impulsar las políticas educativas y culturales en nuestras respectivas naciones, salvo alguna excepción), aun con todo lo provechoso que le ha brindado al campo del saber y de las humanidades a través de los siglos. La literatura no da solvencia económica, pero brinda una riqueza espiritual contundente para quienes la realizan, leen o comentan. Es capaz de abrir nuevos horizontes gracias al poder de la imaginación, y es muchas veces un procedimiento catártico para evitar la implosión de las estructuras morales. Por consiguiente, la literatura humaniza. Aquél que no lee queda reducido a una elemental humanidad: sin criterios, sin valoraciones; y muchas veces, sin sentimientos.

Detengámonos, entonces, por un instante a evaluar la calidad de personas que está suscitando el mundo posmoderno, ya con las artes casi olvidadas y con una proliferación desmedida del consumo de lo poco reflexivo y grandemente frívolo. La obra de Erika Madrid, no hace sino devolver un estatus que parecía perdido en el campo de las letras. Una esperanza diáfana sobre las posibilidades de un mundo sensato y mejor.

El poeta y periodista connacional Pedro Escribano, comentó alguna vez sobre lo que yo asocio con el enorme daño que el consumismo puede ocasionarle a la literatura, entre otras artes, a propósito de las ventas copiosas de los libros actuales y de los premios literarios: “(…) no todo es resultado de una buena escritura, sino también hay bastante del manejo del mercado (…) Tarea de la crítica, separar el grano de la paja.”

A mi criterio, los grandes escritores, como Madrid, emergen casi siempre desapercibidos, entre la hostilidad e indiferencia de las élites que se arrogan la cualidad de rectores de las letras nacionales. En este punto la historia es sabia y nos ha provisto de numerosos ejemplos.

Entre la poesía y la vida

Dos estandartes poéticos, dos libros: “Ayer Buenos Aires” (2005) y “Mí” (2008) –contenido este último dentro del poemario “Olivo y Retórica”, conjuntamente publicado con el poeta español Luis Gómez–, son los referentes principales de Erika Madrid, sin dejar de mencionar los casi cien poemas individuales que están publicados en “La otra ciudad”, su blog personal. Así como también, es oportuno aludir su participación en diversas antologías físicas y virtuales de Latinoamérica. Sus blogs más difundidos son: http://www.madriderika.blogspot.com/, http://www.pinturaserikamadrid.blogspot.com/ y http://www.erikacmadrid.blogspot.com/, donde uno puede aproximarse, un poco más, a su trabajo literario y artístico. Erika Madrid forma parte del Grupo Literario SIGNOS.

Sobre sí misma ella comenta: “Soy una mujer bastante tranquila, positiva, aunque mi poesía no lo sea (risas)… Siempre me dicen que no parezco la mina que la escribe.”

Pero ¿cómo es la poesía de Erika Madrid? ¿Cuánto es que ha variado desde “Ayer Buenos Aires” hasta “Mí”? Según este análisis, he podido diferenciar dos aspectos primordiales, dos ejes fundamentales sobre los cuales se sostiene gran parte de su accionar creativo en ambos poemarios. El primero sería el eje de lo espontáneo y vivencial (forma): Madrid no tiene la pretensión de guardarse ni alterar nada al momento de ultimar su catarsis poética: “Acostúmbrate a mi boca abierta / y a que el mar entre en ella, / a mis manos apretando tu muslo, / a un cuerpo que sufre / y la cabeza sitúa como bandera. / Acostúmbrate, te ruego, / a más periodos no ordenados / de sueños legibles, / períodos de cama y ruido, / tiempos de podridas frutas.” (Acostúmbrate / “Mí”).

Dentro del mismo eje oscila un encanto dialectal recurrente al momento de expresarse (si la situación lo amerita) por medio de un lenguaje nativo (argentinismo y lunfardo): “Una llave. / El borde del vestido / de una gran damita porteña. / Un laburo a medias. / Un ojo / o dos. / La máscara de una hondonada / que de la nada tuvo rostro / para crear, soy. / El lunfardo inquieto y / desprolijo. / Una calle de Buenos Aires atada a la mano. / Arenapino. / El Mate. / Un che. / Acá no hay fondos, hermano, / no tengo otros / ni huecos ni fantasmas / y aunque no se crea / no soy, no tengo, / no pido y acá me excuso.” (Yo minita / “Ayer Buenos Aires”).

El segundo eje lo constituye la originalidad imaginativa ante la multiplicidad de conceptos (fondo), acompañados ambos ejes por una amplia cualidad estilística: medular para la consecución de emociones y del tan mencionado goce estético.

Este segundo eje nos revela a una poeta menos racional; mucho más intuitiva y tenaz. Si su poesía es, por ejemplo, amorosa, no necesariamente trata del amor logrado a cabalidad, o perpetuado por un afán cursi, estereotipado. Trata de un amor –en todo caso– creíble, más humanizado, con los vaivenes que este sentimiento conlleva: “De los insensatos el más capaz, / de los mortales el único mío. / ¡Ah, sí! Sumergime en vos, / destruye los brazos / que nerviosos a tus brazos se atan. / ¡Sí, sí, sí! ¡Sacudime el amor, / esta febril y torpe sensación / que se descompone y agrieta! / Sí, dañino. Sí, insensato. / Manipulame con el saber de esos pedidos / que caen sobre el asfalto y yo / recojo y amontono. / Mi pequeño niño insalubre, / mi lunfarda pasión desequilibrada. / De los maestros del amor, el aprendiz. / De todos los mortales, el único mío.” (Mortal / “Mí”).

¿Qué otros temas se pueden vislumbrar en la poética de Madrid? Sobre todo en su primer poemario, podemos encontrar el tópico existencial claramente establecido: “Sugiero el silencio, / pienso en blanco / como dando gracia en la desgracia, / soporto los chacales / que aunque hambrientos / vigilan vigorosos / con ansias de destrozarlo todo. / Andaría de seguro más feliz / si me ignorase. / Me exponen a esta cronología / ridícula a la cual pertenecer. / Me vuelvo como / el vidrio que habla, / como un algo que ya no existe.” (Sugiero / “Ayer Buenos Aires”).

E, incluso, apreciamos una poesía metatextual: “Tantas hojas de papel / acostadas sobre sí, / piadosas, obedientes, / en filas perfectas, / ordenando la sabiduría / de mis amados trovadores. / Tinte de la sangre supersticiosa. / Motor sádico para el Amor / enajenando una cabeza / que sabida o precoz / se sostiene en la lectura. / Delicia orgásmica / concentrada de / sugerentes imágenes / que sutil entra hasta modificar / al que se encuentra con el libro.” (Lecturas / “Ayer Buenos Aires”).

El caso de “Mí” es el de un poemario más intencional, más homogéneo en connotaciones personales.

Hay que precisar que los dos ejes se presentan siempre entrelazados, conformando una dicotomía poética, como el anverso y el reverso de una moneda.

Desde las entrañas del monstruo

La concepción de un poema es un proceso meticuloso y complejo –no obstante su habitual brevedad– dada su condición intimista y sensorial al momento de construir símbolos e ideas para producir emociones mucho más amplias que las contenidas en cada uno de los versos. Es por ello que la poesía suele ser el primer contacto (y a veces el único, por contundente y totalizador) entre un escritor y el mundo.

Erika Madrid nos enuncia: “Ando impaciente, soportando la revolución de mi incertidumbre, que solo se calma cuando los espantos se trazan sobre el blanco.”, refiriéndose a los lienzos. Pero esta figura es factible también de ser relacionada con la hoja en blanco, poco antes de la creación literaria. Incluso, a aquella obra que germina en el mundo bajo una consabida pericia demiúrgica.

Todo poeta (todo artista) es un ciudadano del mundo, sin colores ni banderas. Y su único deber es expresarse. No callar. El lenguaje literario ocupa los estratos más elevados en la clasificación de una lengua. No todas las personas tienen la capacidad de escribir; por eso es tan loable –y causa especial entusiasmo– el reconocimiento de escritores de primera línea como es el caso de la poeta de Buenos Aires.

La fecundidad de Erika Madrid es ejemplar y, por fortuna, indoblegable. No se deja seducir por aquellos pormenores fatuos, ni se encenaga entre menudencias serviles.

El auténtico bien (el único) que un escritor puede ostentar es, a criterio de muchos, la manifestación del afecto y el descubrimiento cálido del ser humano.

Siguiendo la estela clamorosa de los rapsodas eternos, considero que Erika Madrid es uno de los cuadros con mayor proyección y de mayor preeminencia en el ámbito de las letras hispanoamericanas del naciente siglo.


Selección de poemas de Erika Madrid:


Sensación

Ignoro las razones
de mis giros internos
que velan tales síntomas
o mi tristeza ha sido tanta y de continuo
que se ha transparentado entre
tiempo y tiempo,
entre heredad y cielo.

Piadosas sus desfiguraciones
para conmigo, arcana y
sellada melancolía.

Ya no estoy triste, me resisto
a creer en una absoluta
nación imaginaria
que gobierna hasta la mano
que traza sobre el blanco mis ánimos.

Qué casualidad ridícula,
fuera de mí están las preguntas
que me conmueven y hastían
tocándome por momentos
y separándose luego, descuajadas
de mis condominios.

Sé que partes de mí
han caído y muerto para
reflejar humildad a golpes,
ensoñación o cordura.
He de perder el diálogo por
un fervoroso silencio que no domino.

De: “Ayer Buenos Aires”


Ayer Buenos Aires

Tiranía púrpura,
sangre que se sujeta
a dientes en
callesdecallejones valientes
de teatro y represión
en una profunda melancolía
espesa donde van callando
los poetas al hablar.

Caminitos apretados,
donde el azul y el oro se anuncian
por momentos sobre la patria
y mis divagantes bosquejos.

Una fuente que se extiende
en lenguas y fullerías
con un vaivén de piehombre
sobre piernamujer
trabando y destrabando
exacto en el adoquín.

Y aún sobre Piadosos Aires,
en medio de todo, nada
lo extraño de un silbido
que dice siempre lo mismo
y callarlo de nada valdría.

Sabés lo que siento
y que no puedo echarelvistazo
ni apasionarme dentro
de este maldito círculo metafórico.

De: “Ayer Buenos Aires”


Tiempos

Tiempos de rotas caras,
de cerradas manos
simulando las ventanas
abiertas de ayer.
Me asombro, y no termina nunca
mi asombrada razón de seguir
sintiéndose rota,
esperando que sea mentira
toda la verdad estacionada
en la vereda de mi casa.

¡Yo, yo, yo!
Yo, yo, yo tenía
los sueños en rosa,
la casa quieta
y el mar hamacándose a mi espera.

¡Qué tiempos estos, Señor!
en los que creyendo que
caminaba me arrastro.

De: “Mí” / “Olivo y Retórica”


La ciudad derrumbada

Si alguien vio alguna vez
quebrarse Buenos Aires
esa tarde, esa tardenoche fui yo.
Sentada primero, parada luego
la imagen exacta detrás de tu cara
causó en la ciudad inquebrantable
que un amor de tierra
más tarde se lloviera.

La imagen imponente se desarmaba,
como trueno tu voz corría
en esa titánica y exacta belleza
de luces y colectivos agotados
de gente ya sin manos y sin piernas.

Y fui trueno y vos grito.

La cuidad, cementerio.

Fue quizás el capricho de esa magia
que no se encuentra, que envuelve dos cabezas,
que todo derrumba.
Fue quizás esa, la maldita fuerza.

De: “Mí” / “Olivo y Retórica”

jueves, 3 de marzo de 2011

“El Burro”, un extraordinario cortometraje de Jair Uzziel, escrito y relatado por el Signo Mario Morquencho

El lunes 28 de febrero Mario Morquencho estuvo en una premiación de cortometraje en la UPC, donde participó un corto titulado: El Burro, de Jair Uzziel. El texto está escrito magistralmente por Mario a modo de prosa poética. El mismo Mario es quien da la voz en el relato. El corto también cuenta con la participación de la talentosa poeta Sandra Enciso y es una producción de MALDITOS PERROS Creadores. Aquí el corto y el texto completo:





En un paisaje alejado de todos los colores y sobre el tramo de asfalto hirviendo, cabalga el tiempo. Cabalga entre las lomas y el pueblo. Cabalga entre la vida y el sueño.

Donde las aves anidan el vuelo abstracto, la aldeana respira el delirio de la dama bajo la flor oscura. Donde los bueyes cantan, él muere muy enamorado en la imposible posibilidad que brama el oblicuo pueblo mientras taciturno el gris ceniza de su humanizado cuerpo lo lleva siempre a ella…

Y la querencia natural que los amantes claman, a veces, sólo a veces, tienen entre dos árboles que bailan la misma mujer de sangre insoluble, la misma mujer soñada…
Y entre las cruces de mil estaturas, ella limpia sus nombres ya distintos… y distantes: Olvidados.

Porque a veces los amantes gozan la misma vida desolada. Porque a veces los amantes tienen el mismo muerto atragantado. El silencio compartido. El amor tan ignorado… Y huye uno del otro para verse… para no verse… para amar solamente un pedazo de vacío cercado en el corazón frío que tiembla y tiembla sobre el lomo cuando el día brilla más que el sol.

Último destello del día. Él anda por la trocha y la tarde llama a la noche. Anda pensando en ella que es una tierna dolencia, anda tan bien y tan mal enamorado, pensamiento confundido entre el lamento del animal domesticado que pasa.
Detrás, él, en una procesión de dudas, corderos, bueyes y el burro que se repite cabizbajo, es él cruzando un minado Jerusalén, con la obstinada y silvestre necesidad de estar con ella, de exiliarse en el sueño quijotesco y decir que el amor nos hace tan salvajes al pensar que un par de casas de adobe separan un continente… Y pensar que un par de pasos más y el gran portón abrirá el tiempo y la vida. Un par de pasos más y la tierra en sus cascos inferiores arrastrarán el deseo de dar un par de pasos más para sacar, urgentemente, la llave del bolsillo, introducir la luz en el ojo oscuro de la habitación, abrir la intención y cerrar los ojos para deshojar la borrosidad del sueño que se abre…

El ojo del infinito observa:

La aldeana, con un sombrero de amapolas, yace de pie en la esquina de una estrella campestre donde el ganado fugitivo inventa una historia.


Sentado sobre los dados del sueño, él canta desde la sonriente montaña como el viento aventurero, como el viento enamorado que nos roza la cara.

Ya en el humilde patio del cielo, la aldeana alimenta a los patos: querubines tristemente telúricos, telúricamente locos. Ella piensa en él. Piensa como un ángel en sus alas. De manera lunar, crepita pensándolo insondable… y ahonda, en la pequeña noche venidera de la choza, su orbe…

En el primer encuentro, los tiernos grises del corazón vagan tibios y desde el campanario Dios los observa: Ella delante, incitándolo, con el camino adherido a la espalda y las alas ocultas en el paraguas. Él detrás, memorizando las pequeñitas huellas que llevan a casa…





Acabada la cena de los cuerpos, ella amansa el beso alocado que aúlla en sus labios. Él la observa aún desnuda en un rincón de la casa y profundamente piensa ¡Qué bonita flor tan salvaje!

Así es cuando del amor comulgamos, late el corazón compartido en ambas manos y en ambas manos explota la comunión de los paisajes como un planeta que se crea. Así el dulce caos, delirante, lo retorna y aprisa, aprisa el orgasmo de gritar: ¡Qué salvaje flor tan bonita!

Entonces van como el agua en un solo río por el camino de la mano y él…él canta, tiene un jilguero oculto entre sus manos, tiene mil aves evaporadas en todo su aire:
aire que la llama
alma que la nombra
ansia que la clama
ojos que la tocan
boca que la extraña…

La aldeana acude a su llamado. Se sienta a su lado. Abriga el frío costado. Lo consuela. Lo ama. Su silencio es una brisa bajo el árbol.

Y entonces marchan los enamorados. Van recordando, como el bosque, a todos los colores alucinados, y ya con el rostro extinto caminan distanciados por el último tramo casi evaporado, al mismo instante en que la pastora solitaria, entre ramo de gritos y chorritos de esperanza, cruza con el ganado deshojando adioses y florcitas de nostalgia.

Pero la aldeana recorre el rito sagrado como una niña atada a la ronda de la luna. Entonces la canción desata el último crepúsculo y la oscura caravana en la falda de la aldeana cava el clímax en el aire. Un circulo solar alrededor del árbol se multiplica y multiplica la necesidad que tienen ellos de lamer las piedras ardientes del amor que a veces los desliza, que a veces los sumerge, que a veces los ahoga o los va quemando, poco a poco, en la hoguera inevitable del pecho que arde, duele y deja sangrar la sangre que hierve como poción amarga o perpetua ceniza sobre la yerba venenosa y seca donde florecen los corazones rotos… los corazones muertos.

Y entonces todos los recuerdos se estrangulan mientras él, como una estatua, yace tristemente constelado en la puerta, entre el instante incomprendido y fugitivo donde el ojo del infinito cae vencido por los parpados hacia un mundo mal herido.

Donde el amor quizá tiene otra palabra, o se oculta en otros nombres, o simplemente es una constante herida que nos devora a diario.

Donde el amor quizá carece de puerta, de labios, de rebeldías mutuas, de valentía al no querer cruzar al otro lado. Y sumarle al saludo esa palabra perdida en los labios. Sumarle otra mirada. Sumarle una caricia.

Quizá entonces, sólo quizá, después de caminar tanto en esta vida, el ojo infinito del sueño regrese a observar.


El texto en negrita es lo que se lee en el corto
Tomado del blog de Mario: http://sesotrilcico.blogspot.com/

Mario Morquencho en Radio Nacional


Nuestro compañero Mario Morquencho estuvo invitado el pasado 20 de febrero a una tertulia literaria en Radio Nacional, en el programa Canto Rodado a las 8:00 de la noche. Estuvo con el trovador Lalo Salazar y Paco Mejorada quien es el conductor del programa. La tertulia fue interrumpida por dos canciones en vivo del trovador y dos poemas leídos por Mario: Rímac y La Siete Tres, ambos de su poemario Ciudadelirio. Mario habló sobre su poemario y sobre cómo había llegado a la poesía. También habló sobre música y contó algunas anécdotas. Aquí los poemas:


RÍMAC

Yo me molesto con la vida
—Y no sé por qué con ella—
cuando paso el puente
y veo flotar cartitas de amor en heces por el río.
¿Suicidarse desde allí?
—¡Ni loco!—
Seguro la muerte no se animaría
a recoger mi alma confundida
entre toda esa mierda debajo congelada
donde el sol y el infinito
cierran los ojos para no reflejarse en las aguas.
Hasta he llegado a creer que mi reloj se malogró
y dejó de jadear, por hacerme el valiente
estando más de un minuto,
con la esperanza de ver algún loto
entre esa nausea acuática.
Ningún arco-iris se atrevió
a defecar por esos lares,
sólo las nubes que a veces escupen,
o algún borracho que micciona decadencia.
Si alguno de nosotros fuera pez,
estar en esos charcos sería:
cumplir cadena perpetua
encerrado en la comunión de todos los gases,
o respirar en la entraña de los estreñidos.
Yo me molesto mucho con la vida
cuando paso el puente y veo ese río,
como un portal parecido a los que salen
en las películas de ciencia-ficción:
este río es el portal que nos aborta
hacia el vomito infinito
de dios.


LA SIETE TRES

Aquí hay rostros de todos los colores,
rostros de princesas sin príncipe,
de sirenas en un plato de mariscos,
de niños tristes y gomitas de dulce,
de góticos y siniestros laberintos azules,
rostros con labios de secretaria a minifalda
con senos y glúteos que desbordan
altísimos niveles de morbo,
rostros de viejas gordas y gruñonas,
de obesos sudorosos y calvos,
de bigotones, dormilones y viejos verdes,
rostros con ojos de fábrica,
con ojos de obrero mal pagado,
rostros de “periódico chicha”,
de edificios sucios e inhabitables,
de azoteas poco confiables e inaccesibles
de casas a medio construir y aún más invisibles,
rostros de publicidad barata en todos los rincones,
de un graffiti clandestino,
rostros que llevan una ecografía de día lunes,
rostros que putean a cualquier cosa,
rostros que tienen rasgo de papel cansado,
rostros de paisajes y planetas perdidos,
rostros presurosos por llegar a cualquier destino,
rostro de plazuelas fugaces, de óvalos jorobados,
de by pass rumiantes y vía expresa inacabable,
rostros de ventana de emergencia,
de boleto de pasaje arrugado en el bolsillo,
de chulío tramposo, de chofer nervioso,
de calcomanía sin sentido, de carteles de protesta,
de “Vamos a la huelga”, de “No al paro”, de “Sí a todo”,
rostros de postes tísicos y enfermos,
de semáforo indeciso, de señales sin destino,
de paraderos repletos de impuntualidades mutuas,
rostros para colgar estrellas,
para descolgar cometas,
para dibujar otra cosa que no sea un rostro,
rostros que se olvidan, que no se nombran
o no tienen descripción,
rostro de todos, con escenas rutinarias y repetitivas,
decadentes e irónicas,
de películas viejas y en estreno,
de lunes, martes, lunes, miércoles,
jueves, lunes, viernes, sábado
y domingo al fin tu rostro,
el mío, el de ellos,
el de todos.

jueves, 17 de febrero de 2011

“La metáfora del insecto” – Por: Ronal Pérez Díaz


Muy pocos escritores han sabido adelantarse a su época de manera tan singular y extraordinaria como lo hizo Franz Kafka con sus fantasías y alucinaciones terribles, a propósito de “La Metamorfosis”, una de sus obras más destacadas.

La existencia desencantada, lejos de la felicidad y la armonía (al parecer familiares), de un hombre como Kafka (Praga 1883 – Viena 1924) finalizaría en los deseos íntimos de escapar a su realidad, huir como la bala del cañón y terminar convertido en un puente o un mono con aspiraciones de libertad infinita (Informe para una academia). Pero resignado a su destino, oprimido por fuerzas desconocidas; en fin, en el último extremo de alguna habitación, concluir por ser un Gregorio Samsa, el cual, después de una noche de sopor interminable, vislumbra el día y se da por enterado de que es un insecto gigante, miserable y monstruoso, como respuesta a un mundo automatizado y sin el mínimo sentido de los valores: sociedad más proclive a la violencia que a la paz y la solidaridad.

“Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto... numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto...”

Evidentemente que la transformación de Gregorio se manifiesta como una postura de no aceptación de los esquemas y parámetros de convivencia familiares y sociales. A propósito, el insigne escritor peruano, Mario Vargas Llosa, opina que la actitud insumisa e inconforme de hallarse convertido en un insecto “es una manera astuta de desagraviarse de las imposiciones de esa vida injusta que nos obliga a ser siempre los mismos, cuando quisiéramos ser muchos” (Un mundo sin novelas). En verdad, es una réplica a lo cansada, molesta y preocupante que resultaba ser su profesión “viajante de comercio” y las malas relaciones que mantenía: amistades insinceras, basadas en intereses o cualquier otro afán, menos en los efectos de un sentimiento puro.

“¡Qué cansada es esta profesión que he elegido! -se dijo- Siempre de viaje... relaciones que cambian constantemente, que nunca llegan a ser verdaderamente cordiales y en las que no tienen cabida los sentimientos.”

Ante esta desesperada situación, obligado por actitudes imperiosas e incomprensibles: por un lado su padre y por el otro su jefe opresivo, grandemente desconfiado, Samsa manifiesta su enojo, su fastidio y su rebeldía, todo el horror al trabajo y a su irregular manera de vivir, articulando inentendiblemente, en su condición ya de animal, lo siguiente:

“¡Al diablo con todo!... Estoy atontado de tanto madrugar... No duermo lo suficiente.”

Sucede que, después del desconcierto y arrebato emocional por parte de Gregorio, notamos en su interior dos fuerzas luchando: “por un lado, su sentido del deber y la responsabilidad lo obligan a reintegrarse al trabajo; por otro lado, desde su actual perspectiva de insecto, de objeto útil, no puede permitir que se le siga utilizando.” (Luis Quintana Tejera: Consideraciones críticas sobre Kafka y La Metamorfosis). Al contrario, en la familia las reacciones son diversas, en ellos también se efectuará una metamorfosis que los conducirá desde una postura inicial de aceptación hasta una actitud hostil, de total rechazo. La madre no entiende lo que sucede, sumisa, preocupada por su hijo, pero incapaz de ayudarle eficazmente. No obstante, su hermana, Grete, se muestra más condescendiente; preocupada por el hermano le habla con dulzura, le trata con ternura. El rechazo, la intolerancia por parte del jefe, mientras que su progenitor, en una postura adversa, le amenaza con el puño; todo se genera ante la primera salida de Samsa de su cuarto, evidenciándose como una persona que se rebela abiertamente y sin vergüenza contra el mundo organizado que ellos representan.

Es otro pasaje digno de rescatar –la segunda aparición de Gregorio– su padre le propina una serie de manzanazos y una de ellas alcanza a incrustarse en su caparazón, derivándose en una enfermedad a causa de la putrefacción del fruto y como consecuencia última: la muerte.

Notamos pues, a un padre como un tipo autoritario que equivale a la parte represiva del patrón en el trabajo, en lo social, y que ahora se genera en el seno familiar. Sin embargo, Grete, en la primera parte del relato, como ya se afirmó, se muestra benevolente, representando, de algún modo, la solidaridad para con el marginado; no obstante, al final de la obra cambia su manera de ser por la indiferencia absoluta, dándole la espalda a su hermano. La madre, mujer débil, responde a los modelos tradicionales de sumisión, por ello se muestra desorientada ante la nueva manera de comportamiento de su hijo.

En fin, la horripilante pesadilla que nos narra Kafka, puede ser leída como una metáfora o una proyección de sus sentimientos: temores, conflictos y depresiones, todos generados por la monotonía de la vida, o como una alegoría de todos los horrores que se avecinaban cual avalancha temible: las dos grandes guerras mundiales, los totalitarismos y el terrible y depravado genocidio nazi, llegando a la idea concluyente de que sus monstruosas alucinaciones resultaron una realidad adelantada, una profecía angustiante que aún alcanza a nuestros días.

martes, 1 de febrero de 2011

“Neruda: El verso de la destrucción” – Por: Ronal Pérez Díaz


Siendo ya una constante el hondo lirismo en la obra poética del Nobel chileno (1904–1973), podemos apreciar ahora en los poemas de “Residencia en la tierra” una tentativa ejemplar de expresión intensa que tiene, a su vez, como punto central el núcleo total de la existencia.

La vida es movimiento sucesivo. Todo movimiento se traduce en acción. Toda acción es gasto de energía vital, deterioro progresivo del ente ejecutor. Por ello podemos afirmar que el hombre y todo lo que le rodea está destinado, desde ya, al transcurso destructivo de la existencia. Por ello la vida es un continuo acabarse. Es como si la sentencia genesiaca: “polvo eres y al polvo volverás” nos atrapara en su nocturno manto inacabable, en su transcurrir degenerativo de las formas en las que se hace ostensible la vida.

Pablo Neruda (1904–1973) comprendió muy a fondo este proceso; pues, si nosotros profundizamos en el análisis de su poética, vislumbramos, en su coherente visión imaginativa en “Residencia en la tierra”, lo que venimos disertando. El poema Galope Muerto es ya una tentativa para afirmar lo siguiente: todo lo que está en movimiento tiende a exterminarse. Allí se puede constatar lo que el poeta canta de manera soberbia: la desintegración de todo lo existente, el derrumbamiento total de la materia: “Como cenizas, como mares poblándose / en la sumergida lentitud, en lo informe (...) / confuso, pesando, haciéndose polvo / en el mismo molino de las formas demasiado lejos, / o recordadas o no vistas, / y el perfume de las ciruelas que rodando a tierra / se pudren en el tiempo, infinitamente verdes.” (Galope Muerto).

Los elementos en los cuales se hace posible verificar la desintegración de la materia son: la ceniza y el polvo, en un período de vida determinado por el tiempo.

Según Jaime Concha, intérprete literario, existen dos formas de destrucción en el sistema poético nerudiano; la primera es “la corrupción de los objetos”: “(...) confuso, pesando, haciéndose polvo...”, y la segunda, “la huida de la experiencia con el tiempo”: “(...) en el mismo molino de las formas demasiado lejos, / o recordadas o no vistas...”

Todo proceso destructivo se realiza “en el mismo molino”, en el hado, el destino. La huida es como un salirse de sí mismos, para ir al pasado en busca de los recuerdos, a aquellas imágenes móviles y a la vez estáticas, pero inasibles e incomprensibles al entendimiento, es una huida hacia: “Aquello todo tan rápido, tan viviente, / inmóvil sin embargo, como la polea loca en sí misma...” (Galope Muerto).

El día, “lo sonoro”, viene a ser el espacio de tiempo en el cual se hace sensible y manifiesta la vida, en todo su esplendor: “De lo sonoro salen números, / números moribundos y cifras con estiércol, (...) / A lo sonoro el alma rueda / cayendo desde sueños, (...) / De lo sonoro sale el día / de aumento y grado...” (Un día sobresale).

Es pues del día de donde “salen números” y es allí donde se contempla la disgregación de las cosas, diariamente, como un proceso de lenta muerte: “A lo sonoro llega la muerte...” (Sólo la muerte).

Entonces “el día, a pesar de la luz que lo constituye, es el reino de las destrucciones, el hábitat de la caducidad y la muerte” (Jaime Concha: “Interpretación de Residencia en la tierra”).

“(...) el tejido del día, su lienzo débil, / sirve para una venda de enfermos, / (...) es el color que sólo quiere reemplazar, / cubrir, tragar, vencer, hacer distancias.” (Débil del alba).

He aquí que el día es el cenáculo de las destrucciones, es el hogar donde la vida y la muerte cotidianas conviven. Es la bóveda que nos atrapa con su lamento de araña. Es, en su estrato, donde se verifica el derrumbamiento completo de las formas, la pérdida de la identidad, el arrebatamiento de la mónada por parte del destino, para volver a integrarla al origen primigenio, al caos oceánico, a la noche eterna donde se forja la vida de manera silenciosa y con una infinita esperanza por hacerse evidente, tangible.

“Ahora bien, de qué está hecho ese surgir de palomas / que hay entre la noche y el tiempo, como una barranca húmeda?” (Galope Muerto). “Tú guardabas la estela de luz, de seres rotos...” [Alianza (Sonata)].

Es la noche, según la percepción lúcida del poeta sobre el cosmos, el habitáculo de la vida. Es, en su oscura luz, donde germina la simiente para la expresión de una nueva existencia. En resumen, “Residencia en la tierra”, “se nos presenta como una obsesiva y patética búsqueda de los estratos creadores del ser” (Jaime Concha: “Interpretación de Residencia en la tierra”). La noche es lo materno, de ella nace la vida y a ella regresa para residir en su seno de lo eterno, de lo femenino. La noche, en fin, se convierte, para el poeta, en un pedazo de tiempo donde se buscan los orígenes del ser y, por consiguiente, a ella llega, como hombre y como artista, para buscar los vestigios creativos, el arte regio de la naturaleza y de los siglos.

También publicado en:

http://gambito-de-rey.blogspot.com/2011/08/neruda-el-verso-de-la-destruccion-por.html

“Epígonos de una estética literaria de cambio” – Por: Harold Castillo


El 18 de setiembre del año 2010 quedará grabado en el recuerdo de las personas vinculadas al quehacer literario lambayecano, pues fue en el seno de dicha colectividad donde convergimos los doce flamantes miembros del remozado grupo SIGNOS para nuestra presentación. Pese a la ausencia física de tres de nuestros integrantes (por motivos de distancia y de tiempo), se contó con su presencia espiritual, con su apoyo moral e ideológico mediante sus escritos y poemas.

El objetivo era darnos a conocer ante la sociedad como un grupo serio y de ideales maduros con respecto al presente y al futuro de las letras en cada una de las regiones y/o países a los que pertenecemos. Ahora que todo es silencio y pasividad entre los intelectuales jóvenes, cabe destacar el tenor de nuestra propuesta; ya que, en síntesis, abogamos por una renovación trascendental de los procesos literarios en nuestras naciones. Después de las Vanguardias y del Boom Latinoamericano, han existido muy pocos fenómenos destacables en el mundo de las letras; como si la literatura hubiese entrado en un periodo de senectud. En suma, el sistema consumista y frívolo de los últimos quince años se ha venido ocupando de sepultar aspectos tan trascendentales para el desarrollo del hombre, como son: los valores, la educación, las ideologías, el dominio del idioma, el interés por la lectura (literaria o científica), el valor por la vida, la cultura, etc.

Hemos perdido la brújula, y estamos navegando sin rumbo, viviendo una existencia opaca y conformista. Las nuevas tecnologías nos han hecho la vida fácil. El sistema nos ha contentado con novedades que colman nuestras expectativas, dejando de lado nuestra propia humanidad. Las políticas de Estado (sobre todo en educación y desarrollo), no se ocupan ahora de formar a los nuevos ciudadanos (los que serán padres en el futuro) para asumir con responsabilidad el manejo de lo bueno que nos proporciona la modernidad y los avances científicos y tecnológicos.

Es importante, por ello, que luchemos por preservar las condiciones básicas que necesitamos para que la vida tenga una direccionalidad consecuente. Nosotros, como grupo literario, tenemos, pues, el afán de proyectarnos incluso mucho más allá de lo meramente estético. La literatura también es un producto social, y su proceso se lleva a cabo en sociedad.

Lo que más se puede resaltar, por tanto, de nuestra noche de presentación, es el hecho de haber constituido una unidad llamada SIGNOS. Cuando la historia nos quiere contradecir y se empeña en hacernos ver como un error estadístico. Ya que en las últimas décadas, en Latinoamérica, no han surgido paradigmas dedicados a la integración literaria para la conformación de colectivos de acción. Un grupo literario no es (o al menos, no debería ser) un simple círculo juvenil de lectura.

Esto último puede resultar un hecho simplemente anecdótico, de juventud. Pero más allá de la experiencia, qué nos queda. Cuando no hay ideales u objetivos en común, cuando generacionalmente no somos capaces de responder a las expectativas de nuestra propia sociedad.

Ahora SIGNOS no es sólo un grupo literario interregional (Lambayeque, Piura, Cajamarca, San Martín y Lima). Ahora SIGNOS es también un grupo literario internacional (Perú, México y Argentina), y tenemos una responsabilidad mayúscula de cara a la revolución literaria y humanista, y los dogmas que queremos masificar a lo largo de la naciente década.

“Revolución cultural, espiritual y del ser a través de la literatura” – Por: Hazzel Yen


Un momento como ningún otro emerge en America Latina; y en el mundo, un deseo enérgico de cambio. Este estallido es ya la literatura misma. Percibimos entre nuestros pueblos una gran inconformidad con respecto a las situaciones sociales por las que atraviesan. Cada uno de nosotros desearía mejorar el mundo. Nos han hecho sentir que esto es imposible, sumergiéndonos en una pasiva indiferencia, un letargo.

En SIGNOS pensamos y sentimos que hacer mejor el mundo es posible. Creemos en el hombre, en la fuerza de la palabra y en la belleza para reformar el espíritu. Proponemos la expresión como fuerza iluminadora. Para esto reconocemos las nuevas tecnologías de comunicación como medios para amalgamar las ideas a través de la literatura. Aunque algunos estemos lejos, sentimos que los kilómetros y fronteras que dividen cada país ya han dejado de existir. Prueba de la ruptura de las barreras somos SIGNOS: escritores jóvenes de diversas latitudes que nos hemos unido para expresarnos. Nosotros amamos la literatura en todas sus manifestaciones. Esta convicción nos ha unido, formando un puente entre México, Perú y Argentina, un puente de palabras.

SIGNOS es muestra de que la literatura nos hermana, porque a través de ella hemos compartido nuestros sentimientos, ideas, voces, y nos hemos dado cuenta de que no estamos tan lejos unos de otros. No hay hombre más blanco ni más oscuro, más grande ni más pequeño, cuando se late con un mismo corazón, la sangre de ese corazón es nuestro deseo de cambio, nuestra fe en la palabra. Las arterias por las que circula esa sangre son nuestras plumas.

Latinoamérica es muchas cosas: nuestros dialectos, el calor de nuestro temperamento, nuestra literatura, expresiones culturales tan ricas y diversas, nuestro pasado majestuoso y misterioso (posteriormente profanado, esclavizado, y golpeado hasta nuestros días), pero más que nada es unión, estirpes que a través de los siglos han sido pugnadas, pero que continúan de pie y no temen; combaten.

La palabra que surge del corazón joven e impetuoso es siempre revolucionaria; porque ser joven, primordialmente, es saber renovar y renovarse, creer en revolucionar para ser mejores. Esta idea ha sido una constante y han sido las revoluciones las que nos han permitido evolucionar en todos los tiempos, así de simple: lo que no se mueve está muerto.

Para poder usar la palabra revolución, sin ser malinterpretada, partiré desde su etimología: la palabra “revolución” tiene su origen en el verbo latín revolvere, “volver a girar”. Si tomamos en cuenta que el mundo no cesa de girar, entonces nos encontramos en una revolución constante; un proceso que siempre esta ocurriendo en nuestras vidas, tan natural e inevitable como el movimiento.

Se tiende a pensar que las revoluciones son malas, pues las revoluciones armadas han dejado a su paso un gran número de muertos, abusos, y miseria. Pero no todas tienen que ser necesariamente así. Lo que proponemos puede llamarse una “revolución armada”, si quieren llamar “armas” a la fuerza de la palabra, la razón y la fraternidad, armas para librar una batalla interior contra nuestras propias barreras, prejuicios, fronteras que oprimen al ser y al pensamiento.

En la era de la informática (en la que vivimos), las fronteras ya se han roto, las distancias han desaparecido y las ideas viajan a la velocidad de la luz. Esto debemos de encauzarlo hacia la unión, a la fraternidad.

La unión mundial que por mucho tiempo fue tan sólo un ideal, ahora es posible, esta aquí. Cada vez estamos más cerca; lo único que nos divide ahora somos nosotros mismos, la barrera del pensamiento que nos imponemos, ejemplos de ello son: la discriminación, el prejuicio, la intolerancia, entre otros.

Hay que cambiar constantemente para no morir, darnos cuenta de que las fronteras del pensamiento ya están rotas, y esto está produciendo el cambio, cada vez veremos más SIGNOS de este cambio.

martes, 11 de enero de 2011

"HORA ZERO" 40 AÑOS DESPUÉS - POR Tulio Mora


40 años después del surgimiento del Movimiento Hora Zero el mundo y el país han cambiado hasta desconocerse. El Perú, pese a la crisis económica y la violencia, aún inconclusos, se ha reafirmado en una identidad largamente postergada. El sueño colectivo ha sido más persistente y a larga imprevisible y más efectivo que el voluntarismo político o literario. Mucho más incluso que aquella pesadilla cruel cuya oferta del paraíso reposaba en la factibilidad de construirlo sobre una montaña de cadáveres; o que el tenebroso régimen narcofascista que imperó durante una década desde las franjas del crimen organizado y el terror sicosocial. En ese tránsito de incertidumbres y culminaciones indefinidas, que es la historia más reciente del Perú, está sumergido HZ.

Nadie, a estas alturas del siglo XXI, podría mezquinar a nuestro movimiento la importancia poética que le designó a ese sujeto social que hoy se reconoce como la mayoría del país. Fuimos los primeros en intuir que la poesía reposaba en esa población en trance de rápida urbanización que venció un sistema y una forma siempre represivos para instalarse en los márgenes del poder y desde allí minarlo con su obstinación, en esos ciudadanos que desde provincias han persistido en una lucha frontal contra el centralismo ya agónico.

En estos 40 años la vida de 28 millones de compatriotas tampoco ha sido fácil y no lo será mientras el esquema básico de una injusta distribución no haya acabado para siempre en el país y el mundo. Este deseo está muy lejos de cumplirse cuando el absolutismo de los organismos financieros y el modelo de libre mercado pretenden perpetuar bolsones de prosperidad y confort a costa de una anchísima mayoría víctima del cinismo de la ortodoxia neoliberal que ha fracasado ruidosamente al final de la administración de Bush, como consecuencia, entre otros factores, de alentar la especulación financiera hasta el desborde delictivo y de globalizar el fascismo.

HZ encontró el rostro de ese nuevo actor social no porque sus miembros tuviesen un agudo sentido profético, sino porque desde sus primeros textos descubrieron que una poesía nueva tiene que reposar en una palabra nueva (“creo, honradamente, decía Vallejo, que el poeta tiene un sentido histórico del idioma, que a tientas busca con justeza su expresión”). Esa palabra es la que los horazerianos encontraron en las calles o trajeron las poblaciones andinas y amazónicas a las urbes, modificando significativamente un tradicional modo de hablar, de escribir y de percibir el sonido y sentido de la belleza. La diferencia tenía que resaltar. Quizá por eso los escritores denominados por Martin Lienhard “continuadores de los primeros escritores españoles radicados en el país” (claramente José Miguel Oviedo) comprendiesen poco y mal la profundidad de esa palabra nueva. No era -como se dijo en los 70 y aún hoy, como leemos a un obsoleto James Higgins quien ha escrito con agudeza sobre José María Arguedas y el pensamiento andino pero ha sido absolutamente incapaz de entender cuál es el cordón umbilical entre ese escritor y HZ- que los “parricidas” o “fratricidas” desconocían las reglas elementales de la estética, sino que se negaban a aplicarla en un contexto que la contradecía. La suya era otra estética.

En estos 40 años HZ ha consolidado su “franco proceso de ruptura” resistiendo las peores adversidades de los acríticos y mafiosos que durante décadas soñaron y aún sueñan con nuestra desaparición para decretar sobre un escenario fragmentado, de precario equilibrio cultural, el retorno del canon administrado desde las canonjías que pasan por las universidades a los medios de comunicación y las escasas y mediocres editoriales -o publicando estultas encuestas entre los canónigos.

El Perú de este nuevo siglo no puede reconocerse en ese estrecho horizonte al que aspiran los remanentes de la normatividad colonial y provinciana. El Perú de hoy -para mal o bien, aún es muy prematura hacer una lectura conclusiva- está globalizado, participa como muchos países del mundo de la denominada cultura de masas; en su interior coexisten, no pocas veces conflictivamente, archipiélagos culturales que surgen de manera espontánea en los asentamientos humanos como en provincias y en el extranjero; una poética expuesta a los desafíos de la palabra cotidiana, una urgencia de fracturar el complejo de inexpresividad, la revaloración de la experiencia personal, micro, pero significante, y contrapuesta a la ajena y mal llamada “estética de los valores universales”, que no es más que la estética del sector social al que pertenecen los administradores de la norma. Es el impulso a desarrollar la historia poética de las colectividades sin voz articuladas de manera tangible desde el arenal urbano y las provincias: los grandes espacios olvidados del interior.

En la actualidad ni siquiera es necesario que la poesía pase por Lima, el centro que, contradictoriamente, hoy como nunca podría confirmar la premonitoria frase de Valdelomar, “El Perú es Lima”; pero bien sabemos que nunca logrará serlo: a medida que su acceso se democratice la revolución informática está socavando de manera irreversible el estatus heliocéntrico y mediador limeño de la cultura mundial con las autopistas de internet y la educación virtual. Miles de pueblos que han vivido al margen de los grandes libros de todos los tiempos, de los grandes avances tecnológicos y científicos, se ven invadidos de ese instrumento que para algunos profetas del establishment será el capital más rentable del milenio que hemos abierto sin mucho entusiasmo ya que terribles guerras han sido sus más tenebrosos heraldos, desde los genocidios africanos, balcánico, el hundimiento simbólico de las torres gemelas en Nueva York y la sobrerreacción imperial en Iraq, Afganistán e Irán, aparte de la discordia perpetua entre palestinos y judíos.

Naturalmente en un escenario de esta naturaleza la voz estéril de los guachimanes del buen hablar y escribir no pasa de ser más que una mera gestualidad, el último canto del cisne extinto, como lo ha comprobado la vigencia de HZ, movimiento al que los peruanos le deben, entre otras cosas, la democratización de la escritura poética y su autorrevelación como actores de una historia intransferible e irreplicable. Las grandes fracturas poéticas no solo se perciben en el plano de la escritura sino en las conductas sociales. HZ le devolvió a los peruanos la confianza de expresarse desde sus más íntimos sentimientos, utopías y frustraciones que hoy se revelan en la escritura de muchos jóvenes quienes ya no necesitan proponerse la fractura horazeriana (no la disputa de un espacio periodístico, de una beca, un viaje o un vaso de wisky en las embajadas), sino simplemente expresarse según el principio de que los silenciados o silenciosos tenían que usar la voz poética -y en muchos casos la más alta.

La lengua, como se sabe, es más que sus normas y sus aprensivos policías: es la más perfecta computadora que ha ideado e ideará el ser humano y un cuerpo en permanente estado de retroalimentación. Su vitalidad depende exclusivamente de las colectividades que la recrean y modifican al ritmo de la historia. Quien no comprenda esta premisa fundamental no puede comprender cuál es el papel del poeta: ser el perpetuador (también el perpetrador) de esas modificaciones de su época. Quien no esté alerta a esos cambios que debe aplicar en sus textos simplemente pasará al olvido. Porque la premisa más legítima de la poesía es revelar el alma del otro (del lector) y esto es válido desde Homero a Derek Walcott, ese otro que habita en un espacio, que tiene una biografía (un tiempo) y una complicidad con el creador. Quien revela al otro se revela a sí mismo y no al revés. Quien revela al otro revela al mundo derramando sobre alguno de sus infinitos ángulos una tonalidad de luz y verdad diferentes. No hay una sola luz, no hay una sola verdad, no hay una sola forma de expresarse en una lengua y esto es lo que revela una poesía auténtica.

La gran tarea de HZ por eso mismo fue exponer en la página en blanco una forma de hablar, de sentir y de soñar que nos es propia dentro de una colectividad muy amplia. Y nuestra beligerancia provino básicamente porque esa voz de alerta, que lanzamos en 1970, fue atacada por una poesía que escribía, pensaba y soñaba desde otras colectividades -española, francesa, inglesa-, pero no como peruana o latinoamericana. El Perú de estas décadas nos ha dado la razón.

Y las “orgías de trabajo” que entonces propusimos se tradujeron en manifiestos, en pronunciamientos públicos, en masivos recitales, en intercambio de experiencias con poetas de otros países, pero sobre todo en libros que hoy son imprescindibles para cualquier joven peruano. Y al lado de ellos hay que citar a nuestros hermanos infrarrealistas que en México tuvieron la misma actitud intransigente contra un sistema que sigue corrompiendo a los escritores y alimentando una poesía estéticamente correcta cuya única preocupación es luchar contra la palabra popular.

Todos los autores citados demuestran que HZ tuvo razón, que el Poema Integral era la voz poética del Perú y Latinoamérica, por eso mismo se han adscrito a ella otras voces de jóvenes hartos de la misma retórica y de las mismas gárgaras con lo poéticamente correcto.

HZ está convencido de que los poetas jóvenes de Latinoamérica consolidarán los logros alcanzados a través de la Poesía Integral para que en el futuro esta sea la expresión de mayorías y minorías (urbanas, rurales, los hablantes de lenguas nativas, los procedentes de otras culturas extranjeras asentadas en nuestros países), de tal modo que refleje lo más cercanamente posible nuestra sensibilidad híbrida, según la profética denominación de Gamaliel Churata.

Por supuesto, lo que HZ no pide es que los jóvenes escriban como los fundadores de HZ, sino que encuentren nuevos caminos, nuevos experimentos de la palabra en los que reconozcan ese franco y hermoso proceso de ruptura que a fin de cuentas no es más que una declaratoria de amor a la vida y una declaratoria de guerra a los predicadores de la muerte, a los provocadores de la destrucción del planeta, esos suicidas representantes del capitalismo irracional, de las desigualdades y las mediaciones político-económicas del poder, no importa de dónde procedan.

Oros problemas preocupan hoy a Hora Zero. La prolongación de la vida en nuestro planeta está trágicamente signada por la evidencia (y ahora ya no puede haber la excusa de que se trata de una coartada ideológica), científicamente palpable, de que la tierra no puede sostener el nivel de consumo de energía fósil que demanda el capitalismo. El calentamiento global y la contaminación demuestran que el sueño del bienestar vendido por este sistema (que sí se ampara en la ideología como un dogma) es falso: no todos los seres humanos podemos gozar de sus supuestos beneficios nacidos de un exacerbado individualismo, del egoísmo, de la desleal competencia, de la disminución de ciudadanía frente a las grandes corporaciones, de la privatización de la vida y especialmente del saqueo ecocida de los recursos naturales. Porque si la humanidad gozara del mismo confort, el planeta quebraría en instantes, destruyendo en la oscuridad universal todo lo que fue construyéndose en miles de millones de años. Dicho de otra manera: necesitaríamos de ocho planetas para mantener un nivel de consumo para que la humanidad entera se instalase en el mal entendido desarrollo. Matemáticamente, esto quiere decir que el actual bienestar es discriminatorio, que sólo una cuarta parte de la especie humana puede disfrutar del consumismo, mientras que las otras tres cuartas partes deben acompañar la orgía de los satisfechos desde las calles erosionadas del hambre, la ignorancia y la precariedad de la salud. Y los otros ciudadanos, los seres animales, vegetales, los ríos y las montañas, como decían Henry Thoreau y Gary Snyder, no tienen representantes que aboguen por ellos en los foros internacionales y los seres humanos que exigen representarlos son acusados de terroristas.

Pero la globalización ha producido recientemente la peor de las catástrofes financieras, recordándonos que su vigencia depende de la permanente incertidumbre y del hábil juego de manos de una casta de delincuentes disfrazados de banqueros, a quienes los Estados más poderosos del mundo recompensan, en vez de sancionarlos, poniendo en marcha planes de salvataje y reactivación de la economía, que no es otra cosa que remonetarizar un sistema que cíclicamente volverá a toparse con la misma piedra de la estafa a la humanidad entera, la pagana de este último (hay quienes sostienen que ha sido más grave que el crack de 1930) y de todos los desastres financieros.

Un último punto de gravísima constatación son las guerras alentadas, propiciadas y fabricadas por las transnacionales constructoras de armas que definitivamente gobiernan el mundo, como se comprobó cuando George Bush hijo fue colocado como presidente de los EEUU en unas elecciones fraudulentas, fruto de un complot del que participó una maffia de petroleros, industriales de armas y banqueros, los mismos que hoy pretenden derrocar a Barak Obama, fomentan en sus narices golpes de Estado, colocan presidentes y mantienen un dominio casi absoluto de los medios de comunicación.

Este es el panorama que el poeta debe afrontar actualmente cuando escribe sabiendo que el verso más auténtico de hoy es el que nace asombrado de que aún se sostenga el mundo. Y por eso tiene que ser más intransigente, más solidario con la humanidad entera y debe proponer, como siempre ha hecho el poeta, el sueño de la vida armoniosa, de la plenitud. Porque nuestro destino en el mundo es habitar nuestro hermoso planeta buscando la felicidad que es posible en la medida que lo anticipan poetas, pintores y músicos desde la cueva de Altamira.

Por otra parte, ¿cómo expresar poéticamente esta primera década del siglo? Es una cuestión de primera importancia si un poeta entiende que la vigencia de un texto literario está asociada indesligablemente a la palabra social, que es siempre cambiante y se convierte en la esencia de una época, como ya hemos mencionado.

En el actual contexto conviene resaltar las alteraciones que se han producido. El lenguaje cotidiano se ha contaminado de la jerga tecnológica. Los jóvenes intercambian sus puntos de vista a través de un repertorio lingüístico que han introducido la computadora y los nuevos productos informáticos. Neologismos que hace sólo dos décadas atrás parecían una norma arbitraria y exclusiva de la poesía -es decir, no de la palabra de la tribu- atraviesan de lado a lado a todos los sectores sociales. “Resetear”, “printear”, “renderear” y hasta verbalizaciones de fonética horrorosa -como “accesar” en vez de usar el verbo correctamente: “acceder”- empiezan a exigir legitimidad semántica, sin considerar otro campo más vasto: el de la designación de los objetos, es decir la sustantivación, con palabras que primero no pertenecen al idioma español, segundo no tienen un equivalente en el mismo (“chip”, “byte”, “drive”) y tercero se pronuncian fonéticamente según las reglas del inglés (“y” como “ai”).

El purismo académico, que aún campeaba hasta hace pocos años, no decimos en el Perú, sino en países más celosos como México, España y Colombia, ha perdido la más reciente batalla. La globalización en términos de lenguaje es en verdad una monopolización del inglés a los espacios cotidianos de nuestra lengua. Aún es prematuro saber cuáles serán los mecanismos de defensa de nuestra colectividad lingüística frente a estos cambios agresivos que parecen irreversibles.

Por lo mismo, la poesía de esta época frente a los retos de la ciencia y tecnología exige más imaginación. Porque estamos en un periodo de cambios imprevisibles.

Paradójicamente, el marco globalizador (la aldea grande) está proponiendo una resurrección insólita y no solo por lo que toca a ciertas coincidencias espaciales, de un modernismo de corte rubendariano: la fusión de espacios contrapuestos (el rey de Noruega con los dioses aztecas, cisnes chinos con monos amazónicos), con una diferencia notoria en el énfasis que se coloca al orden de los sentidos: el modernismo lo ponía más bien en el oído (la música del verso, de la que Darío fue su más eximio y hasta hoy no superado artífice, aunque por otra parte la música de fusión andina, el rock y la salsa también hoy seducen el oído del poeta) y el posmodernismo lo coloca más bien en la vista (la imagen). Pero igualmente pueden resucitar formas poéticas vanguardistas en el entendido de que estas exhibían un inconformismo con las reglas tradicionales y expresaban una sensibilidad fuertemente impregnada de la tecnología (el cine, los automóviles, los rascacielos). Sin embargo, a diferencia de entonces, cuando el vanguardismo parecía reflejar un entusiasmo histórico desbordante, sobre todo en el que se adhirió a la revolución socialista, y que las guerras mundiales, hasta mediados de siglo, y la caída del muro de Berlín, en las últimas décadas, trajeron abajo, la poesía actual se ha contagiado más bien de la incertidumbre y la perplejidad, compensadas con la poética light (Mariátegui ya tenía un nombre para ella: “poética de la tontería pura”).

Hoy cualquier utopía poética es socialmente posible. Esto supone que la poesía debe cambiar de utopías. Más que nunca hoy la poesía debe reclamarse una autoridad ética. No existe más el compromiso con nadie, salvo con la humanidad desposeída (“los irreciclables” y los “desechables” del festín neoliberal, es decir las 3/4 partes del mundo) y su casa benigna, nuestro planeta azul. La ilusión del progreso a través de las reglas omnímodas y omnivoraces del mercado esconde las escandalosas relaciones abismales entre los seres humanos y la trágica agonía del planeta. La poesía de estos tiempos tiene que asumir el liderazgo moral de estas cuestiones fundamentales para la continuidad de la vida.

La informática ha propuesto nuevos formatos poéticos (el multimedia, internet, el DVD, el libro virtual, etc.). Aun en países como el nuestro, donde la capacidad adquisitiva de las mayorías impide la horizontalidad de los nuevos aportes, la edición, industrialmente hablando, como parte del proceso mercantil está sufriendo una alteración sustantiva. La edición de una obra ya no es tarea extrapoética (de los editores y las imprentas) sino del mismo autor, en la medida que gracias a la actual tecnología los libros, editados de manera artesanal con tirajes, aunque no significativos, son enormemente compensados con una difusión a través de internet.

Quizá por ese ambiguo sentimiento reinante de entusiasmo/incertidumbre por el futuro hay en el continente un agotamiento de formas y discursos. Tal vez los poetas empiezan a sentir recelos del proceso creador social que ha sobrepasado sus exclusividades. Y temerosos de los cambios se esconden en la tradición y el yoísmo (los canónicos e siempre y los llamados “poetas de la palabra” que recurren al neobarroquismo rentable en la medida que no compromete la palabra poética con los horrores actuales del mundo). HZ está en contra de esa reacción autista y exhorta a los poetas jóvenes a ponerse a la altura de los mensajes que nos envía la sociedad. Tienen que incorporar a su lenguaje los procedentes de la ciencia y tecnología, moderar la dictadura de la imagen visual (computadoras son pantallas, videojuegos, etc.) con una sensorialidad plural, difundir sus materiales por internet (que ha multiplicado las posibilidades de lectura) para romper definitivamente el mercado provinciano del gusto cuyo principio de permanencia agrega a su lógica elitista un componente darwiniano: la ley del más fuerte es la ley del prestigio (el marketing y el acaparamiento estratégico de los cuatro o cinco medios de prensa existentes en el centro del poder cada vez menos representativo). Y la ley del prestigio es la mentalidad colonizada por el mercado.

El temor se explica por la agresividad del exitismo. La poesía -el arte en general- no funciona según esas leyes por mucho que algunos neoliberales -Vargas Llosa principalmente- crean que basta una política de educación intensiva para que la población frecuente y adquiera productos culturales. La poesía nunca ha sido cultivo de mayorías aquí ni en Europa o Asia. Desde las exigencias del mercado -obtener ganancia material- es objetivamente un fracaso. Ningún poeta puede vivir de sus libros. Y aun si eso fuera posible los casos serían ridículamente aislados.

¿Supone esto que debe desaparecer? No. Por lo demás, el poeta -el productor- sobrevive gracias a su competencia para desempeñarse en otras áreas socioeconómicas desde hace muchos siglos. Y su obra existe por exclusiva libertad suya. Es a la vez creador, editor y distribuidor de su propio ingenio. Que no venda no es cosa que le quite el sueño. La poesía está consagrada a un ámbito en el que las relaciones sociales no están condicionadas por el intercambio de necesidades y satisfacciones materiales. Tampoco puede considerarse en el ámbito recreacional, como los deportes, o la música popular, por ejemplo, que se justifican porque son una inversión que produce enormes dividendos a partir de la demanda social de la cultura de masas. La poesía no.

Si hubiera que ubicarla en algún lugar sería en el que la sociedad destina a la ciencia experimental: mucho de lo que allí se investiga tal vez nunca resulte aplicable, pero es interés de la sociedad que esas actividades se desarrollen porque garantizan la prevención de las enfermedades y otras taras genéticas. Actualmente miles de laboratorios buscan obstinadamente una cura contra el sida y el cáncer. Ella llegará en algún momento. Por eso nadie cuestiona los miles de millones de dólares invertidos porque se entiende que están destinados al alto fin de salvar vidas humanas. La poesía -el arte en general- debe pensarse como una inversión social de este orden y no como una recuperación material. Su permanencia garantiza el enriquecimiento de las lenguas. Quienes no comprendan que las lenguas son cuerpos vivientes que necesitan renovarse jamás comprenderán la relación que tiene la poesía con ellas, antes que la novela que sí puede entrar en el ámbito recreacional y masivo justificando además la lógica del mercado, como Vargas Llosa sostiene en su último ensayo sobre Onetti: que la novela es un arte de la mentira con un valor agregado (la técnica de narrar), pero no para recrear la realidad, tampoco para modificarla, sino para “entretener” a satisfechos y resignados del actual sistema. En buena cuenta, según esta hipótesis, la novela es un producto mercantil y solo eso.

El poeta debe entenderse como un investigador de la palabra, un “detectuve”, decía Bolaño (de manera especial de la palabra popular) en permanente estado de conflicto creando estructuras tensionadas, torsionadas, reproduciendo así la sensibilidad de los nuevos perfiles sociales con la música que imponen los tiempos que le toca vivir. El poeta limpia la palabra del polvo de los días pero no con el espíritu que dio vigencia a la “poesía pura” desde el siglo XIX, como parte de una obsesiva “limpieza” social (en el amar, vestir, comer y escribir), dividiendo a nuestros ciudadanos en “civilizados” y “bárbaros” (Vargas Llosa lo sigue haciendo), sino como el proceso que devuelve a la palabra social su significado devaluado por el uso, como la moneda, hasta volverla in-significante. Por otra parte, legitima en muchos casos los nuevos aportes sociales (las jergas, las replanas, el slang) garantizando la permanencia y reproducción de la lengua. Estas funciones son básicas para el mantenimiento de la única forma que tiene de relacionarse el ser humano.

Vista así la poesía pertenece a un ámbito en el que las sociedades deben preservar y cuidar sus lenguas como parte de su identidad. Y sin embargo no estamos hablando de política asistencial estatal o privada en favor de la poesía (concursos, becas, talleres, fondo editorial, jubilación, créditos) por los servicios prestados a la lengua. Estas políticas no han sido condicionantes para la reproducción poética en ningún país, salvo en México (y su poesía no ha sido por eso cualitativamente diferente al resto, al contrario, la ha discapacitado) y no lo serán nunca. Estamos hablando de una actividad social que debe permanecer en la historia como parte íntima de nuestros mejores valores.

Para finalizar: la poesía sigue siendo el sueño tal vez alcanzable de que los seres humanos podemos superar nuestras lacras (las guerras, la voracidad, el poder) y vivir sin más horizonte que nuestra plenitud. Y ese canto a la vida es el único desafío que temen la muerte, el olvido y los egoístas. Este sigue siendo el principio que da permanencia a Hora Zero 40 años después.



Lima, enero 2011