“Gilbert Delgado Fernández: El exorcizador demiúrgico de fantasmas” – Por: Nicolás Hidrogo Navarro

Posted by SIGNOS On jueves 24 de noviembre de 2011 0 comentarios


A PROPÓSITO DEL LIBRO “LAS CALAVERAS ESTÁN, POR AHÍ, ESCONDIDAS”

LA NATURALEZA HUMANA ha querido que siempre vivamos acompañados de nuestros muertos para hacerle recordar a los vivos que ellos siguen allí y que nos aguardan.

La región Lambayeque es un brasero de historias y leyendas urbanas que se mimetizan o se elongan de las pueblerinas. Y así como cada pueblo o villorrio muchik tiene sus santos patronos y sus leyendas, tiene también sus fantasmas.
El imaginario popular ha construido más fantasmas que casas, parques y jardines. Y esos fantasmas tienen vida. Asustan o ayudan, se aparecen y se gastan bromas con quien quieren. La fauna fantasmagórica es muy diversificada: mujeres duendes que seducen a hombres incautos para hacerles el amor en hoteles de mala muerte o en parajes inhóspitos. Duendes ensombrerados, barrigones y diminutos que corretean a las personas inescrupulosas. Duendes enrazados que detienen a las bestias de carga en los puentes o parajes solitarios. Duendes citadinos que entorpecen la labor de los guardianes o trabajadores de limpieza madrugadores. Duendes que cortejan a los novios cuando estos están en el punto máximo de la faena sexual, etc.

Geográficamente, la región Lambayeque está sentada sobre cientos de huacas, restos óseos de gentiles, pirámides y templos extintos que generan una alta actividad duenderil e historias de aparecidos. A la historia fáctica y oficial de los pueblos de Lambayeque no se las puede explicar sin los mitos, leyendas, tradiciones y los duendes en sí. La historia oficial de Lambayeque está sincréticamente fusionada con hechos reales y ficcionales, con nombres y fechas reales y duendes sin nombre y sin tiempo.

Cada lambayecano tiene su duende que lo persigue y que dormita en su corral, en su baño, en algún rincón solitario y “pesado” de la casa. Eso da tanto combustibles y pie a infinidad de historias orales que se encuentran escondidas y dispersas, aflorando en reuniones familiares o sociales. Lambayeque, Chiclayo y Ferreñafe han logrado tener un cúmulo de historias de fantasmas que no hay pueblo ni personas que no tengan sus temores a la medianoche al pasar por una calle solitaria, al producirse un apagón o al pasar en consabidos sitios como casonas coloniales, colegios centenarios, las capillas e iglesias, vetustas casonas abandonadas que no toleran inquilinos y los corretean o echan literalmente, en apenas horas o días.

En este contexto de radioactividad espectrosensorial de eventos paranormales, irrumpe la pluma exorcizante y la vivencialidad del “profesor fantasmagórico” a hechizar con sus relatos que en el entorno de su experiencia de docente, logra encontrar y atar cabos que las cosas especiales que le ocurren están socialmente compartidos telepáticamente en una red de perturbados personajes.

Las calaveras están, por ahí, escondidas, presenta un cuadro sibilino, construcciones endocéntricas de historias relatadas en primera y tercera persona, aspecto estilístico que confieren a las historias cualidades más verosímiles. Es más el hacer uso del recurso de los nombres de compañeros y centro laborales conocidos, le dan a la historia la credibilidad de ser historias vivenciadas y apenas retocadas con el lenguaje de la ficción. Estos relatos: “Sólo una señal para creer”, “Polos iguales se repelen”, “A veces, los vivos asustan a los vivos”, “Si me muero antes, te asusto” y “El cazador de fantasmas” se licúan en el lindero de lo testimonial, lo anecdótico y hasta la forma de literatura oral, con la gran diferencia de la excelsitud de su lenguaje arcano, lleno de códigos que explican y constituyen el basamento teórico de lo narrado.

Son historias que pretenden dar cuenta de sucesos paranormales, intrincado de demasiadas coincidencias y con muchos testigos de avistamientos de los fantasmas y sus hechos materialmente probatorios y sin ninguna explicación racional ni lógica científica.

Sobre la atmósfera tétrica y sonambulesca de la historia, creada con gran realismo magistral,
Gilbert Delgado, le imprime su propia condición de actor-personaje / narrador omnisciente y va suceso a suceso y día a día atando cabos e intercambiando informes de manera secuencial y sistémica con los coprotagonistas de las historias. Al final de cada historia se llega a la gran conclusión: todos esos hechos curiosos y raros de asustamientos, inexplicaciones de sucesos, dan cuenta de la existencia inmaterial de seres que interfieren e intervienen con una convivencia inarmónica con los vivos, los fantasmas.

El gran pretexto de la obra son las historias, trucadas o reales, ficcionadas o vivenciadas, en parte o en todo, –al fin la licencia absoluta del creador libérrimo de construcciones estéticas literarias, lo permite- es probar inferencial y elípticamente, la existencia de seres que pueblan esa otra dimensión, en una frecuencia distinta, pero que por el arte del misterio a veces entran en la atmósfera terrestre y colisionamos.

Prosa atrapante desde los títulos, misterio desconcertante y desenlaces descollantes, cada historia del libro revela sus propios fantasmas, pero también la gran capacidad subyugadora de este demiúrgico literario que es Gilbert Delgado, profesor eufónico cazador de lectores juveniles y eficaz exorcizador de fantasmas en la frecuencia pedagógica.


COLOFÓN:

Gilbert Delgado Fernández, con fines promocionales me concedió diez ejemplares de sus calaveradas, para el comentario respectivo, para los amigos de Conglomerado Cultural, prensa y lectores empedernimos que me visitan para tertuliar hasta el amanecer. Su texto no solo me iba a perturbar más mi estresada existencia, sino que misteriosamente Mery vio el libro y llevó a casa un ejemplar sin que me dé cuenta. A media noche recibo una curiosa llamada de emergencia por el radioadicionado: estaban reunidos –increíblemente hasta esa hora de la noche, Childre, Jomara y Nadesha- y me lanzaron todos a coro una exigencia imperiosa, cada uno quería tener el libro a primera hora del próximo día, para releerlo. Lo habían devorado en una lectura colectiva en ruedo y suelo en apenas tres fervorosas horas. Desde, entonces, hace dos semanas las luces de todas las habitaciones de la casa, desde las 6.30 p.m. permanecen prendidas hasta el alba y todos los rincones están superpoblados de fantasmas y duendes chocarreros a los que debo apartar con la mano, como quien se abre paso por el medio de un campo de trigo. Todos los días salen nuevos duendecillos para susto de todos y ahora todos dormimos apiñados en una misma cama, hasta que se nos pase la psicosis de este conturbador libro. Mi factura de luz eléctrica será elevada este mes, ya lo imagino.

Para efectos de comentario, decidí hacer una locura de las que estoy acostumbrado a hacer, alborotando a mi familia. Un cráneo de un muerto milenario, obsequiado por el músico de rock duro metálico, Paul Muro Lozada, después de una sesión de fotos que les hice a su grupo “Violencia” hace unos cinco años atrás en el Cementerio El Ángel de Lambayeque, tuve que desenterrarlo del corral anteanoche con ayuda de Childre y Jomara, después de los sustos y temores causados a mi familia en el pasado. Lo hice para que me acompañe inspirativamente en mi mesa nocturna, solitaria y aislada y con una vela prendida de sebo de iguana morropana, sobre el umbral de los parietales, empecé el escrito, recordando mi condición de "Ubicuos Malditos" en mi etapa universitaria y empedernido ouijero, terminé hecho un fantasma, bañado en una sopa de letras
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