FENÓMENOS PARANORMALES en nuevo libro de Gilbert Delgado – Por: Pedro Manay Sáenz

Posted by SIGNOS On jueves 24 de noviembre de 2011 0 comentarios


UN NUEVO LIBRO acaba de aparecer en la escena literaria lambayecana: "Las calaveras están, por ahí, escondidas", del docente y escritor Gilbert Delgado Fernández. Una prueba más de su indeclinable y fructífera pasión por la literatura. No se equivoca el Lic. Nicolás Hidrogo Navarro cuando afirma que Lambayeque vive una efervescencia de creación y publicación de libros. En su condición de promotor cultural y tenaz adalid de Conglomerado Cultural, lo sabe mejor que nadie. Lo extraordinario del caso es que este boom de publicaciones se siente y se vive en todo el país. Y si se logra que, al entusiasmo cuantitativo, se sume la exigencia cualitativa, entonces, es evidente que asistimos a un período literario muy significativo para Lambayeque y el Perú entero. Sin lugar a dudas, se trata de lo que venimos denominando el “Efecto Vargas Llosa” o “Efecto post Nobel”. Por supuesto que quienes tienen la médula y el ADN consagrados a la literatura, no necesitan de mayores o menores acicates para su trabajo creativo. Empero, es innegable que la concesión del Nobel a Vargas Llosa, con la nunca antes vista cobertura periodística a un evento de tal magnitud en nuestro país, ha contribuido en el surgimiento de una nueva actitud ante la creación literaria. Vargas Llosa ha removido el inconsciente colectivo peruano con respecto de qué significa ser escritor y cuál es el valor de la literatura en la sociedad. Hay un después en nuestra Literatura a partir de aquella máxima distinción. Un hecho que tendrán que reconocer tirios y troyanos. Y, la verdad de las cosas, ya era tiempo que se enaltezca a la literatura peruana si se tiene en cuenta su innegable calidad en el contexto latinoamericano y mundial. Si alguien lo duda, que le baste con leer a Vallejo (que debió ser nuestro primer Nobel), a Eguren, a Arguedas o a Mariátegui.

Este “Efecto post Nobel” tenía que notarse también en Chiclayo, tierra de poetas y narradores de convicción. Gilbert Delgado pertenece a esa estirpe, la de los escritores que, por médula y por ADN, están “benditamente condenados” (en oxímoron cabraliano) a la Literatura: como lector, como docente y como creador. Y es que Delgado se ha propuesto hacerle la pelea a todos los obstáculos que nos obligan a guardar el material creado, sin edición y presa del olvido, para entrar con pie firme en la dinámica de la publicación. Por eso es que nos complace comentar su ya tercer vástago literario. Y le instamos a que la prole siga aumentando, con la misma seriedad y dedicación que le caracteriza.

Pero, entremos ya en materia, que la naturaleza del comentario exige abreviar rodeos y espacio. Hay una realidad extraña, misteriosa, que nos sorprende y nos llena de incógnitas. La vida no está hecha de normalidad y realidades típicas solamente. Hay una dimensión que está poblada de sucesos anormales y atípicos -al menos, para la mente humana-. Eventos como la telequinesis, la telepatía, la clarividencia o el desdoblamiento astral. En el terreno del misticismo cristiano, por ejemplo, hay eventos sorprendentes que debieran difundirse con mayor énfasis como una manera de demostrar que hay hechos fascinantes, merecedores de amplios estudios, en los misterios del espíritu; sucesos como la ubicuidad, la levitación y la incorruptibilidad de los restos físicos de ciertos santos. Oriente, de milenaria tradición espiritual, está igual o más aún, lleno de historias y eventos que remecen el pensamiento occidental. Los sidhis o poderes yóguicos, el Mahasamadi de Paramahansa Yogananda, por ejemplo (su fascinante Autobiografía de un yogui, contiene bastantes hechos prodigiosos que desafían la racionalidad; basten dos referencias: Giri Bala, la santa que vivía sin comer, y la aparición no física del venerable guru Sri Yukteswar, ante su discípulo Yogananda). Estamos hablando de fenómenos que la ciencia no ha explorado lo suficiente; y que todavía arroja la división de crédulos (Carl Jung, por ejemplo,) y escépticos (Carl Sagan, entre otros), y polémica inacabable. No obstante, ¿qué persona no tendría algún suceso misterioso que contar? Y, ¿no es Chiclayo y toda la región lambayecana tierra pródiga en historias de eventos paranormales: aparecidos, huacas, creencias, tradiciones, leyendas, eventos inexplicables y etcétera? Lo comentábamos hace poco con el poeta Jorge Fernández, el señor Walter Casaró y Gilbert mismo (la noche que nos obsequió el libro que hoy comentamos). Fernández y Casaró empezaron a contar, espontáneamente, historias impresionantes e insólitas sucedidas -y que suceden- aquí mismo, en Chiclayo (y que podrían formar parte de Las calaveras II, si es que, más adelante, GD no resulta sorprendiendo con la exploración de nueva temática).

Es a esa realidad insólita, intimidante, que se refiere el nuevo libro de GD. Y, aunque el título puede esbozar una sonrisa en el lector, el contenido resulta inquietante, por decir lo menos. En su anterior publicación, "Los siete pecados capitales de la educación actual", GD exploró críticamente el plano educativo. Hoy, sorprende con una temática de misterio; antigua es cierto, pero actualizada en relatos de eventos paranormales acaecidos -por lo menos, ambientados- en nuestro querido Chiclayo. Y si, en su penúltimo libro, aparecían las academias preuniversitarias como objeto de necesaria crítica sociológica; en este nuevo libro, aparecen las mismas academias, pero como escenario de sucesos extraños. Aun cuando parece contener 4 relatos separados, "Las calaveras están, por ahí, escondidas" constituye, en realidad, uno solo -en el propio decir del autor-, siendo el protagonista, un personaje innominado, el agente que lleva el hilo conductor de los sucesos. Aparte de la introducción (nominada “Sólo una señal para creer”), los capítulos tienen los siguientes títulos: “Polos iguales se repelen”, “A veces, los vivos asustan a los vivos”, “Si me muero antes, te asusto” y “El cazador de fantasmas”. La prosa es cuidada y ceñida -como es el estilo delgadiano-, escrupulosamente, a la lógica y a la propiedad idiomática. Delgado no deja que las palabras lo desborden; ejerce un control bastante cartesiano de las mismas; que es, al mismo tiempo, la dosificación de los demás elementos de la historia. Ese cuidado le otorga consistencia a sus relatos.

Por partida doble, GD extiende la propuesta de dos mundos posibles; ya no sólo el de la ficción literaria; sino además, el de una realidad que preferimos -o resistimos- no aceptar: el de los fenómenos paranormales (no diré sobrenaturales, porque tales fenómenos son parte, también, de la Naturaleza ; son intranaturales, si se me permite el neologismo), asociados a un cúmulo de creencias y conocimientos largamente cuestionados por el saber científico oficial. La eficacia de lo paranormal narrado estriba en que tiene un basamento real (literariamente, real). Está asociado no a castillos góticos ni alquimistas medievales; sino a locaciones, tecnología, vivencias y demás elementos propios de nuestro tiempo y de aquí mismo, de Chiclayo (academias, estadio, El Pozo Azul, ubicado “más allá de Pomalca, cerca de Tumán”, “Paseo de las Musas”, celulares, e-mails, Messenger, etc.). Y eso es lo que nos atrae más fácilmente y le concede a los hechos insólitos la categoría de verosimilitud. Otro aspecto relevante es que, permanentemente, vemos conflictuada a la razón y los sucesos atípicos. El protagonista se resiste, amparado en su racionalidad, a aceptar lo ilógico (batalla misma del lector, aunque su posición es la de externo y temporal receptor de lo narrado; no exento, por supuesto, de sus propios recuerdos y temores). Esa hábil y efectiva contraposición que esgrime GD entre lo racional y los hechos anormales le da credibilidad literaria al relato.

El objetivo de GD ha de ser mostrarnos una dimensión distinta de la realidad. Y lo hace narrando sucesos contemporalizados en nuestro tiempo y lugar. ¿El efecto? Variable, según el lector. Pero, el autor ha explayado su talento y sus saberes acerca del tema, tema poco frecuente en la narrativa lambayecana (me viene a la memoria un cuento de Andrés Díaz Núñez -Viaje nocturno de un escritor-, precisamente estudiado por GD, lo que indica su predilección por este tema). Parte del interés que despierta el libro radica en el soporte informativo que extiende GD ante los hechos sorprendentes que va narrando. Pero, además, el de mostrarse no sólo como testigo; sino además como protagonista de los hechos. Pero, un protagonista sumamente atento con el lector, puesto que le concede la explicación necesaria -incluso recurriendo a conceptos y datos de la ciencia-, de manera tal que el relato aparece doblemente planteado: desde la ficción y desde la objetividad.

Es bastante táctico el inicio de cada capítulo. GD cumple el requisito exigido por Cronwell Jara en un buen relato: el comienzo tiene que ser impactante y tiene que “enganchar” al lector. Y engancha aun más a quienes ejercemos la docencia, puesto que son las aulas (en este caso, preuniversitarias) escenario de buena parte de los hechos y porque el protagonista es, precisamente, docente (aunque con vocación por el misterio, a tal punto que es catalogado como “profesor esotérico” o “profesor fantasmagórico”). Se nos ocurre, lejano émulo de Robert Langdon (conocedor de la Simbología ) -y hasta nos evoca al valiente padre Andrew Kiernan, hombre de fe; pero más, de razón, de “Estigmas”, impresionante película- en cuanto es agente fundamental en la solución de los conflictos misteriosos, actuando, a veces, como “médico brujo”, cuya perspicacia ayuda a resolver los conflictos presentados. Es el personaje héroe.

Sorprende el uso de nombres reales en los actantes (probablemente, todos). En “A veces, los vivos asustan a los vivos” y en “Si me muero antes, te asusto”, aparece el dato racional, histórico y el aporte del conocimiento esotérico (campos magnéticos, puertas dimensionales, desdoblamiento astral, teletransportación, psicofonía, akasha, ideoplastia) y la no menos importante tradición oral, para dar sustento al relato. En “El cazador de fantasmas”, GD realiza una interesante exposición de ideas y asuntos esotéricos, evidenciando una larga relación con estos temas (sabemos que, en años pretéritos, GD fue ávido lector de la colección esotérica ARIEL y que, en los tiempos actuales, sigue indagando en textos clásicos como El Kibalión). Hace referencia de la oposición que ya había presentado en "El gesto de la Monalisa", concerniente a saber oficial vs. saber popular. Así también, menciona datos bíblicos (los gigantes Nefilim, verbigracia), históricos, relaciona mitologías (en el tema diluviano, por ejemplo), desliza un cierto agnosticismo, así como elabora una digresión filosófica en torno a verdad y saber. Indica “fundamentos físicos” de los hechos paranormales, a través de sus ilustres personajes, entre ellos, el enigmático periodista y paragnosta Gerald E. Toldbig.

En los dos primeros capítulos, -a la manera de una fábula o de una hipótesis contrastada-, el desenlace corrobora los títulos respectivos. No detallamos los sucesos centrales del libro para dejar en suspenso al lector, y para animar a la lectura misma del libro. En las páginas finales, el lector puede apreciar el “presunto poema inédito” de Chocano (obtenido por Gerald E. Toldbig, de los registros akásicos, mediante psicofonía), poema, por lo demás, de logrado tono chocanesco, y las dos fotos de fantasmas, que el sagaz lector evaluará objetiva y libremente.

He aquí un libro inquietante y convincente, en el que Gilbert Delgado despliega sus conocimientos y experiencias (¿reales?, ¿ficticias?) respecto de una realidad hacia la cual sugiere una atención con actitud abierta y desprejuiciada; no exenta de racionalidad, por supuesto. No sabemos si logre en los lectores ese cometido. Sí sabemos que éste, su tercer libro, merece atención por méritos propios. Y que la fecha elegida para su presentación -31 de octubre- es fecha propicia para historias y libros de esta peculiar índole.

Chiclayo, octubre de 2011